Un mapa divide los ríos aéreos de Sudamérica en sus cuatro sistemas de drenaje

Sudamérica tiene cuatro sistemas de ríos aéreos con distinto peso en la lluvia

Imagen de referencia creada con IA
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Investigadores de Taiwán, Alemania, Países Bajos y Francia publicaron una clasificación de los corredores persistentes que transportan humedad sobre Sudamérica. El análisis de 724 celdas distingue cuatro regímenes y delimita qué territorios situados a barlovento aportan una fracción decisiva de la lluvia de cada región.

Ríos estadísticos que circulan por la atmósfera

Los “ríos aéreos” no son corrientes estrechas visibles en un día determinado. Son rutas preferentes que aparecen al promediar durante años el transporte de vapor provocado por vientos, evaporación, transpiración de las plantas y lluvia. A diferencia de los ríos atmosféricos meteorológicos —fenómenos concentrados que suelen durar horas o días—, describen la circulación climática acumulada.

Su funcionamiento guarda una analogía con una cuenca terrestre. La evaporación y la transpiración recargan el flujo; los vientos lo trasladan; y la precipitación descarga el agua. Una selva situada en la dirección de procedencia del aire puede devolver humedad a la atmósfera y contribuir a la lluvia que reciben poblaciones y ecosistemas situados cientos o miles de kilómetros después.

El nuevo estudio de Nature Communications, aceptado el 24 de julio y publicado el 3 de agosto, intenta determinar dónde termina la parte realmente influyente de cada “cuenca” atmosférica. Hasta ahora se aplicaban umbrales fijos —por ejemplo, conservar las zonas que aportaban el 40 %, 70 % u 80 % de la humedad continental—, aunque un mismo porcentaje no funcionaba igual en todo el continente.

Diez años de lluvia, viento y evaporación

Wei Weng y sus colaboradores emplearon WAM-2layers, un algoritmo que reconstruye el origen y el destino de la humedad mediante el balance de agua de la atmósfera. Introdujeron datos de precipitación, evapotranspiración, viento y humedad de 2006 a 2015. La malla cubría Sudamérica desde 15 grados norte hasta 49,5 grados sur, con celdas de 1,5 grados y cálculos cada tres horas.

La precipitación procedía de IMERG, producto que combina mediciones de la constelación de satélites de la misión Global Precipitation Measurement. La NASA explica que IMERG integra observaciones de múltiples sensores para estimar lluvia incluso en regiones con pocas estaciones terrestres. La evaporación se obtuvo del modelo GLEAM y el viento y la humedad, del reanálisis ERA-Interim.

Para cada una de 724 celdas, el equipo ordenó las regiones de procedencia según su contribución. Después construyó una curva que relacionaba el tamaño acumulado de la cuenca situada a barlovento con el porcentaje de lluvia de origen continental. Un cambio brusco de pendiente señalaba el punto a partir del cual añadir más territorio proporcionaba cada vez menos humedad.

Cuatro posiciones dentro del drenaje atmosférico

El agrupamiento estadístico produjo cuatro clases. El primer régimen, denominado cabecera, aparece donde el vapor oceánico entra en el continente: la Amazonia de barlovento, las tierras altas de Guayana y gran parte de Chile y Patagonia. Sus cuencas críticas aportan entre el 90 % y el 95 % de la lluvia terrestre de cada celda, aunque esa lluvia representa en promedio solo el 12 % del total porque allí domina todavía la humedad procedente directamente del océano.

El segundo régimen corresponde a zonas de drenaje en una franja desde Colombia hasta la Amazonia central y el nordeste brasileño. Sus cuencas críticas suministran entre el 60 % y el 75 % de la lluvia reciclada desde tierra. Aunque abarcan en promedio unos 410.000 kilómetros cuadrados —menos que los 930.000 de las cabeceras—, contribuyen aproximadamente al 20–25 % de la precipitación total de las regiones receptoras.

La tercera clase, denominada desembocadura, comprende el sur amazónico, las tierras altas brasileñas, la Pampa y sectores andinos. El transporte pierde intensidad y se necesita una superficie mayor para reunir la misma contribución. La cuenca crítica media es de unos 260.000 kilómetros cuadrados y entrega entre el 40 % y el 55 % de la lluvia de procedencia continental.

La cuarta categoría es la llanura atmosférica: el Chaco, el centro-oeste de Brasil y la cuenca del Plata. Sus corredores han viajado más lejos y llevan la menor carga de humedad. El punto de inflexión aparece entre el 30 % y el 40 %; las cuencas críticas promedian 140.000 kilómetros cuadrados. Pese a aportar una fracción menor del componente continental, estas regiones dependen tanto del reciclaje terrestre que esa contribución equivale aproximadamente al 15–20 % de toda su lluvia.

El mapa no coincide con las fronteras hidrográficas

Las cuencas aéreas y las de superficie pueden superponerse, cruzarse o mirar en direcciones opuestas. En la Amazonia, territorios situados aguas abajo del río pueden quedar a barlovento y devolver humedad hacia las cabeceras. El sistema superficial transporta agua hacia el Atlántico mientras la atmósfera puede trasladarla de nuevo hacia el interior, formando una circulación acoplada.

En la cuenca del Plata, por el contrario, parte del territorio atmosférico crítico se encuentra fuera de los límites del río. Una administración que proteja únicamente la cabecera superficial puede ignorar bosques lejanos que contribuyen a sus precipitaciones. Esa desconexión plantea problemas de gobernanza porque una decisión sobre uso del suelo en un país o cuenca puede alterar recursos hídricos de otro.

Un trabajo anterior sobre la Amazonia peruana calculó que la pérdida de vegetación situada a barlovento podía reducir entre un 5 % y un 13 % la lluvia anual y entre un 19 % y un 50 % la escorrentía de Ucayali, según el estudio publicado en Hydrology and Earth System Sciences. Esas cifras corresponden a aquel escenario regional, no a una predicción automática para toda Sudamérica.

Prioridades distintas según la posición

El nuevo método no propone conservar solo la vegetación situada antes del punto de inflexión. Delimita el área en la que una unidad adicional de territorio aporta humedad con mayor eficiencia. Las regiones de cabecera transmiten con eficacia cambios en la evaporación, pero dependen sobre todo del océano. Las llanuras atmosféricas reciben menos agua por unidad de superficie, aunque una mayor proporción de su precipitación total procede del continente.

Esta diferencia modifica la lectura del riesgo ecológico. Una pérdida de vegetación en las cuencas críticas de los regímenes tercero y cuarto puede representar una fracción proporcionalmente grande del suministro local. No obstante, los autores subrayan que la estabilidad amazónica también depende de suelos, capacidad de retención de agua, prácticas agrícolas, incendios y continuidad del dosel. El mapa de humedad no constituye por sí solo un umbral de colapso forestal.

Un modelo estable, pero no definitivo

La clasificación se mantuvo en el 83 % de las celdas durante las 1.000 repeticiones de una prueba estadística. Al comparar el intervalo principal de diez años con una reconstrucción de treinta años mediante ERA5, aproximadamente el 5 % del territorio cambió de categoría. Las diferencias entre conjuntos de datos fueron mayores que las causadas por utilizar periodos de distinta duración.

Existen además incertidumbres geográficas. Los satélites tienen dificultades para medir humedad del suelo bajo la vegetación amazónica; GLEAM puede sobrestimar la evapotranspiración montañosa e IMERG tiende a infravalorar determinadas precipitaciones sobre el relieve. La malla de 1,5 grados tampoco sirve para decidir intervenciones a escala municipal sin un análisis de mayor resolución.

La aportación verificable es metodológica y cartográfica: sustituye un umbral continental uniforme por puntos de inflexión adaptados a cada región. El resultado permite preguntar no solo cuánta agua recibe una cuenca, sino qué bosques y superficies situados a barlovento ayudan a mantenerla. Traducirlo en políticas exigirá cooperación entre jurisdicciones que hasta ahora administraban la tierra y el agua como sistemas separados.

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