Dos formas distintas de medir el tiempo
La hora mundial combina dos referencias que no avanzan de manera idéntica. El Tiempo Atómico Internacional, TAI, se calcula mediante una red de relojes atómicos. El tiempo astronómico UT1 depende de la rotación real de la Tierra, cuya velocidad cambia ligeramente debido a procesos atmosféricos, oceánicos y geológicos.
El Tiempo Universal Coordinado, UTC, sirve como escala civil internacional. Mantiene la misma cadencia que el tiempo atómico, pero se corrige para no separarse demasiado de UT1. El Buró Internacional de Pesas y Medidas, conocido por sus siglas francesas BIPM, calcula UTC y coordina los datos aportados por laboratorios de numerosos países.
Desde 1972, cuando la diferencia se aproxima al límite permitido, se añade un segundo intercalar. Un reloj puede pasar entonces de las 23:59:59 a las 23:59:60 antes de llegar a medianoche. El Servicio Internacional de Rotación de la Tierra y Sistemas de Referencia, IERS, anuncia la decisión con varios meses de antelación.
Veintisiete segundos añadidos desde 1972
Hasta ahora se han incorporado 27 segundos intercalares, todos positivos. El más reciente se añadió el 31 de diciembre de 2016. Nunca se ha eliminado un segundo, aunque el sistema contempla técnicamente un ajuste negativo si la rotación terrestre adelanta demasiado respecto del tiempo atómico.
El Laboratorio Nacional de Física del Reino Unido explica que estos ajustes preservan la relación entre los relojes y la posición aparente del Sol. Sin ellos, el mediodía de los relojes se separaría lentamente del mediodía determinado por la rotación terrestre, aunque la diferencia sería inicialmente imperceptible para la vida cotidiana.
La Tierra no funciona como un reloj uniforme. Las mareas ejercidas por la Luna tienden a ralentizar su giro a largo plazo, pero los movimientos del núcleo, la atmósfera, los océanos, el hielo y el agua redistribuyen masa y pueden acelerar o frenar temporalmente la rotación. Por eso no es posible programar los segundos intercalares con décadas de anticipación.
El problema para los sistemas digitales
Un segundo adicional parece insignificante para una persona, pero puede alterar sistemas que esperan que todos los minutos tengan exactamente 60 segundos. Bases de datos, telecomunicaciones, redes financieras, satélites y servidores distribuidos dependen de marcas temporales ordenadas y consistentes.
Algunos sistemas insertan el segundo completo; otros lo distribuyen gradualmente durante varias horas mediante una técnica conocida como leap smear. La coexistencia de métodos diferentes puede producir registros duplicados, saltos temporales o discrepancias entre plataformas. Tras el ajuste de 2012 se documentaron problemas en servicios informáticos y programas basados en Linux.
La posibilidad de un primer segundo intercalar negativo añade incertidumbre. En ese escenario, un reloj omitiría un segundo: después de las 23:59:58 pasaría directamente a las 00:00:00. Muchos programas han sido ensayados para aceptar segundos adicionales, pero no para suprimirlos.
De un segundo a una corrección mucho mayor
La Conferencia General de Pesas y Medidas aprobó en 2022 aumentar antes de 2035 la diferencia máxima permitida entre UTC y UT1. El objetivo es que los ajustes dejen de introducirse en intervalos impredecibles y que UTC pueda funcionar durante un periodo prolongado sin saltos de un segundo.
La información publicada por Nature el 31 de agosto examina una de las posibilidades discutidas: permitir que el desfase alcance una hora antes de corregirlo. No significa que una “hora intercalar” haya sido aprobada ni que vaya a añadirse próximamente. La magnitud, la fecha y el procedimiento continúan sujetos a decisiones internacionales.
Con las variaciones actuales, acumular una diferencia de una hora podría requerir siglos o incluso milenios. Cuando llegara el momento, las sociedades futuras podrían modificar los husos horarios, introducir una corrección escalonada o adoptar otra solución tecnológica. Precisamente por esa distancia temporal, algunos especialistas consideran que el problema puede trasladarse a generaciones con herramientas más avanzadas.
La incógnita del segundo negativo
La aceleración reciente de la rotación terrestre elevó la posibilidad de que fuera necesario restar un segundo antes de completar la reforma. Investigaciones anteriores calcularon que un ajuste negativo podría plantearse durante esta década, aunque el comportamiento del planeta sigue siendo demasiado variable para fijar una fecha segura.
El deshielo polar añade otra paradoja. Cuando el agua se desplaza desde los polos hacia latitudes más bajas, la distribución de masa cambia y el planeta puede girar un poco más lentamente, del mismo modo que una persona que gira reduce su velocidad al extender los brazos. Ese efecto podría retrasar la necesidad de un segundo negativo.
El IERS continúa publicando su boletín semestral para anunciar si corresponde una corrección. Hasta que entre en vigor el nuevo marco, UTC debe mantenerse a menos de 0,9 segundos de UT1. La transición exigirá acuerdos entre organismos científicos, gobiernos, empresas tecnológicas y operadores de navegación por satélite.
Una decisión invisible con efectos globales
Para la mayoría de la población, la desaparición del segundo intercalar no producirá un cambio perceptible. Los relojes seguirán marcando las horas habituales y la salida del Sol no variará por una decisión administrativa. La transformación afecta principalmente a la infraestructura que sostiene la sincronización mundial.
La reforma separará gradualmente el tiempo civil de la rotación instantánea del planeta. En lugar de corregir cada pequeña diferencia, la comunidad internacional tolerará una desviación mayor para proteger la continuidad de los sistemas digitales y reducir intervenciones impredecibles.
El debate plantea una cuestión singular: si el tiempo oficial debe seguir de cerca un planeta irregular o priorizar una escala atómica perfectamente continua. Por ahora, el segundo intercalar continúa vigente, pero su retirada está acordada en principio y el “salto de una hora” permanece como una posible solución futura, no como una medida definitivamente adoptada.