Una investigación dirigida con los custodios de la cueva
El estudio apareció el 22 de julio de 2026 en Frontiers in Environmental Archaeology. Analiza sedimentos obtenidos durante excavaciones de 2019 y 2020, por lo que la fecha de publicación no coincide con la recuperación de las muestras. El artículo científico expone la estratigrafía, los resultados microscópicos y sus limitaciones.
Cloggs Cave se encuentra en GunaiKurnai Country, en el sureste de Australia, y no se interpreta como un campamento doméstico convencional. La GunaiKurnai Land and Waters Aboriginal Corporation solicitó las nuevas excavaciones y participó en el diseño, el trabajo de campo, la interpretación y la difusión. La propia corporación figura como autora colectiva de la investigación.
El equipo utiliza la expresión GunaiKurnai «Old Ancestors», traducida aquí como Antiguos Ancestros, para referirse a quienes emplearon la cueva. Esta elección reconoce que el yacimiento no es únicamente un archivo arqueológico externo, sino parte de una historia y un conocimiento cultural vivos.
Los cristales microscópicos que sobreviven a una planta
La prueba central procede de los fitolitos, pequeños cuerpos de sílice que se forman dentro de los tejidos vegetales. Cuando una planta se descompone o arde, esos cristales pueden permanecer en el suelo durante miles de años. Sus formas permiten identificar grandes grupos botánicos y, en ocasiones, la parte de la planta donde se originaron.
Los investigadores analizaron miles de fitolitos procedentes de dos secuencias estratigráficas. Hasta el 97 % pertenecía a gramíneas. Entre las formas identificadas había estructuras producidas en raíces, tallos, hojas e inflorescencias, lo que indica que se introdujeron plantas completas y no únicamente semillas comestibles o fragmentos arrastrados de manera casual.
Hasta el 18,3 % de los fitolitos de algunas muestras aparecía ennegrecido, fundido o alterado por el calor. La presencia de partículas quemadas en capas de ceniza constituye, según los autores, un indicador seguro de actividad humana. Las plantas no crecen en el interior oscuro de la cueva y el patrón de combustión no encaja con una acumulación natural.
La mayoría de las partículas no había ardido. Para establecer cuánto material pudo ser introducido por animales, el equipo analizó también excrementos antiguos de pósum conservados en los sedimentos. Estos contenían fitolitos, pero ninguno quemado. El contraste permite atribuir la fracción quemada a personas, mientras que el origen de muchos fitolitos intactos continúa siendo ambiguo.
Dos metros de sedimento y 25.000 años
Una secuencia, denominada R31, abarca desde aproximadamente 25.740–24.070 años antes del presente hasta algún momento situado entre 3.360 y 1.460 años atrás. La otra, P35, corresponde principalmente al periodo comprendido entre unos 4.400 y 1.600 años antes del presente.
Los fitolitos quemados aparecen a lo largo de esas secuencias. Esto demuestra que la introducción y combustión de vegetales no fue un episodio único. Sin embargo, no significa que una ceremonia idéntica se repitiera sin cambios durante 25.000 años: las capas representan visitas separadas y los significados culturales pudieron transformarse.
En los niveles superiores se documentaron 73 lentes delgadas de ceniza, formadas aproximadamente entre hace 4.400 y 1.600 años. Su superposición y extensión lateral muestran quemas pequeñas y controladas de material blando. La escasez de restos de madera contrasta con el predominio de pastos.
Alrededor de hace 2.000 años, los Antiguos Ancestros colocaron en la cueva una piedra vertical de unos 28 centímetros. Se detectaron capas con fitolitos de pastos quemados en su entorno. La divulgación científica de Frontiers relaciona ese contexto con prácticas especiales conocidas por la tradición GunaiKurnai.
Qué muestra la arqueología y qué aporta la tradición
La evidencia material permite afirmar que personas seleccionaron pastos completos, los transportaron a la cueva y los quemaron repetidamente. Por sí sola, la forma de un fitolito no revela si una quema buscaba curar, producir humo, preparar ceniza, proteger un espacio o cumplir otra función.
La interpretación ritual surge al combinar la arqueología con el conocimiento GunaiKurnai y con registros etnográficos del siglo XIX. Esas fuentes describen a especialistas espirituales, conocidos como mulla-mullung, que utilizaban ceniza, carbón y plantas en prácticas de curación, protección, seguimiento o intervención ritual.
Los autores señalan que las capas de ceniza son compatibles con esos conocimientos. La correspondencia se refuerza porque la cueva carece de señales propias de una ocupación cotidiana prolongada y porque se transportaron partes no comestibles de las plantas. Aun así, «compatible» no equivale a probar el propósito exacto de cada fuego antiguo.
La cobertura de Smithsonian Magazine publicada el 22 de julio destacó la posible relación con prácticas de curación y otros usos espirituales. El estudio académico formula esa conexión con más cautela y evita atribuir una misma intención a toda la secuencia.
Un archivo botánico excepcional
Cloggs Cave conserva materiales orgánicos poco habituales debido a su ambiente relativamente seco y a la limitada alteración de sus sedimentos. Investigaciones anteriores recuperaron hojas y dos varillas de Casuarina recortadas y untadas con grasa, otro indicio de que dentro de la cueva se realizaron actividades especiales con plantas.
Las capas finas reducen el riesgo de que los fitolitos hayan migrado verticalmente entre periodos. También se conservaron estructuras multicelulares delicadas, cuya presencia respalda que el depósito no sufrió una disolución intensa. Esa calidad de conservación permite relacionar las partículas con niveles fechados mediante radiocarbono.
Existen limitaciones. Distintas plantas pueden producir fitolitos parecidos y una misma especie no deposita sílice de manera uniforme en todos sus tejidos. Por ello, el estudio identifica con confianza el predominio de gramíneas, pero no asigna cada muestra a una especie concreta ni reconstruye por sí solo la vegetación de todo el paisaje.
Los autores proponen combinar en el futuro fitolitos, polen, restos vegetales macroscópicos, micromorfología de sedimentos y conocimiento cultural. Ese enfoque permitiría precisar qué pastos se escogieron, cuándo aumentó la intensidad de las visitas y cómo cambiaron las prácticas.
El hallazgo resulta singular no porque convierta 25.000 años de historia en una ceremonia inmutable, sino porque conecta evidencias microscópicas de plantas con una secuencia cultural extraordinariamente larga. La participación GunaiKurnai permite además interpretar ese registro como parte de su propia historia ancestral, no como una curiosidad arqueológica desligada de sus custodios.