Hojas actuales para reconstruir una migración antigua
El Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian presentó el resultado el 22 de julio de 2026, la misma fecha en que apareció el estudio en la revista Plants, People, Planet. La investigación no anuncia una excavación reciente: reconstruye un proceso iniciado hace aproximadamente cinco milenios mediante el ADN de árboles actuales, comparaciones genéticas y conocimientos aportados por agricultores de Nicaragua y Honduras. El Smithsonian publicó los datos, participantes y conclusiones principales.
El trabajo fue dirigido por el arqueobotánico Kevin Wann durante una estancia en el Smithsonian, con Logan Kistler, conservador de arqueobotánica y arqueogenómica, como autor sénior. Participaron además especialistas de Texas A&M University, la Universidad de Oklahoma y California State University Long Beach. El artículo se titula Ethnobotanical and genetic assessments of Central American avocado landraces reveal novel sources of biodiversity and ancient migration patterns y tiene el DOI 10.1002/ppp3.70236.
Los investigadores recogieron hojas de 47 variedades locales o landraces: poblaciones cultivadas que no son uniformes como una variedad comercial y que han sido seleccionadas durante generaciones. Treinta y dos muestras procedían de Nicaragua; las demás, de zonas de Honduras y del sur de México. El ADN obtenido fue contrastado con datos publicados de más de 200 linajes de aguacate.
Una firma genética que apunta hacia Colombia
Las muestras del sur de México se agruparon con poblaciones ancestrales de las tierras altas mexicanas y con variedades comerciales. Los aguacates de las tierras bajas nicaragüenses mostraron otra historia: estaban genéticamente vinculados con árboles situados más al sur, entre ellos poblaciones de la costa colombiana.
La interpretación más probable es que personas que se desplazaban hacia el norte llevaron consigo semillas grandes de aguacates sudamericanos. Al plantarlas en Centroamérica, los árboles introducidos se cruzaron con poblaciones locales. La hibridación produjo parte de la diversidad actual de frutos grandes y piel lisa que se cultivan en las regiones cálidas y húmedas de Nicaragua y Honduras.
El equipo sitúa ese traslado alrededor de hace 5.000 años. La fecha no procede de una semilla individual datada por radiocarbono, sino de la estructura genética y del contexto arqueobotánico regional. Coincide aproximadamente con la aparición en el registro centroamericano de otros cultivos asociados con Sudamérica, como el cacao y determinadas variedades de maíz.
Kistler interpreta el patrón como una circulación continuada y no como un único éxodo. La genética refleja un paisaje conectado, en el que comunidades de América Central y del norte de Sudamérica intercambiaron plantas durante generaciones. Los aguacates viajaban con las personas porque sus grandes semillas no podían recorrer por sí solas distancias continentales.
El árbol como archivo cultural
El aguacate, Persea americana, posee una distribución natural que se extiende desde México hasta Perú. Las poblaciones humanas lo consumen desde hace más de 10.000 años, un periodo durante el cual seleccionaron frutos mayores, sabores preferidos y árboles capaces de prosperar en distintos ambientes.
Transportar una semilla de aguacate requiere una decisión deliberada. Es voluminosa, pierde viabilidad si se deseca y debe plantarse en condiciones adecuadas. La presencia de parentescos genéticos a ambos lados de largas distancias revela, por tanto, no solo un movimiento de plantas, sino también conocimiento sobre su cultivo y voluntad de reproducirlas en nuevos asentamientos.
Los investigadores complementaron el análisis de laboratorio con entrevistas a agricultores y jardineros. Estas conversaciones ayudaron a identificar árboles antiguos, usos locales y métodos de propagación. También mostraron que las variedades estudiadas no son reliquias pasivas: continúan integradas en huertos familiares y en sistemas agrícolas vivos.
Durante ese trabajo de campo ocurrió una curiosidad secundaria documentada por el Smithsonian. Wann llevaba cuatro años investigando aguacates sin haber probado ninguno. Un agricultor nicaragüense le ofreció un fruto durante la visita a un huerto y el investigador decidió aceptar; desde entonces, según relató, también consume guacamole. La anécdota no forma parte de la evidencia científica, pero ilustra el papel de los productores en el estudio.
Un contraste con el dominio del Hass
El Smithsonian calcula que la producción mundial superó los 11 millones de toneladas métricas en 2024 y que más del 80 % correspondió al aguacate Hass. Esta variedad se reproduce comercialmente mediante injertos: una rama seleccionada se une a un portainjerto para obtener frutos con las mismas características que el árbol original.
El procedimiento aporta uniformidad en tamaño, maduración y transporte, pero también genera una enorme similitud genética. Si numerosos árboles comparten las mismas vulnerabilidades, una enfermedad o una alteración de temperatura y precipitaciones puede afectar simultáneamente a plantaciones enteras.
Las variedades nicaragüenses presentan una reserva genética diferente. Están adaptadas a ambientes cálidos y húmedos, condiciones en las que ciertos aguacates comerciales sufren problemas. Agricultores entrevistados indicaron que no habían observado pudrición de raíces en esos árboles locales, aunque esa experiencia de campo deberá evaluarse mediante ensayos controlados antes de atribuir una resistencia específica.
Algunos productores ya utilizan árboles nativos como portainjertos sobre los que colocan ramas de variedades comerciales. La práctica combina raíces adaptadas al entorno con frutos que tienen mercado. Para los científicos, estudiar qué genes intervienen en esa tolerancia podría permitir desarrollar cultivos más resistentes sin depender de un único linaje.
Una diversidad útil, pero amenazada
La investigación advierte que algunos agricultores están talando árboles locales para ampliar la superficie destinada a variedades comerciales. Esa sustitución puede ofrecer rentabilidad inmediata, pero elimina combinaciones genéticas acumuladas durante milenios y que difícilmente podrían reconstruirse después.
Conservar la diversidad no implica inmovilizar la agricultura ni reemplazar el Hass. Las medidas posibles incluyen mantener colecciones vivas, bancos de germoplasma, huertos comunitarios y programas de propagación en colaboración con quienes conservan los árboles. También exige reconocer que las variedades existen gracias a decisiones tomadas por agricultores indígenas y rurales durante muchas generaciones.
El estudio proporciona un catálogo inicial, no un inventario completo de los aguacates centroamericanos. Será necesario muestrear más regiones, analizar genomas con mayor resolución y comprobar en viveros la respuesta a patógenos, calor y exceso de humedad. Los rasgos útiles deberán identificarse sin asumir que todos los árboles de una misma región se comportan igual.
El resultado enlaza dos escalas temporales: una ruta humana de hace 5.000 años y un problema agrícola contemporáneo. Las semillas transportadas por antiguas comunidades dejaron una huella que hoy puede ayudar a diversificar uno de los cultivos frutales más extendidos del mundo.