Una victoria histórica sin mayoría absoluta
AfD obtuvo el 43,8% de los sufragios y 39 diputados en un parlamento de 83 escaños, según los resultados finales recogidos por The Guardian. La mayoría absoluta exige 42, por lo que la formación quedó a tres puestos de poder investir por sí sola a su candidato, Ulrich Siegmund. En 2021 había recibido alrededor del 21% de los votos: el apoyo se duplicó en cinco años.
La participación alcanzó un récord del 76,5% entre aproximadamente 1,7 millones de electores habilitados. La elevada movilización descarta que el avance de AfD sea únicamente consecuencia de la abstención de sus adversarios. También otorga al partido un respaldo político difícil de ignorar, aunque no le proporciona automáticamente capacidad para formar Gobierno.
Siegmund, de 35 años, afirmó que el resultado concede a AfD un mandato para gobernar y ofreció conversaciones a otras fuerzas. Sin embargo, descartó sostener un Ejecutivo minoritario sometido a negociaciones votación por votación. La negativa reduce sus opciones porque los demás partidos mantienen, por ahora, su rechazo a investirlo.
La CDU pierde la región que gobernaba desde 2002
La Unión Cristianodemócrata consiguió el 17,2% y 15 escaños, aproximadamente la mitad del 37,1% logrado en 2021. La CDU había encabezado todos los Gobiernos de Sajonia-Anhalt desde 2002 y concurría ahora con Sven Schulze como sucesor del veterano Reiner Haseloff.
La dirección democristiana calificó el resultado de “amargo” y reconoció una derrota general, según las declaraciones recogidas por The Guardian. Aun así, reiteró que no cooperará con AfD. Esa barrera política, denominada Brandmauer o cortafuegos, pretende impedir que la extrema derecha acceda a cargos ejecutivos con votos de los partidos tradicionales.
La elección supone además un golpe para el canciller Friedrich Merz. Su Gobierno federal, formado por la CDU y el Partido Socialdemócrata, SPD, no ha conseguido reactivar con claridad la economía ni detener el avance nacional de AfD. La formación de extrema derecha ya encabeza algunas encuestas federales y es la principal oposición en el Bundestag, el Parlamento nacional.
Una cámara fragmentada frente a AfD
El SPD obtuvo el 9,3%, Los Verdes el 8,9% y La Izquierda el 8,6%; cada uno consiguió ocho escaños. La Alianza Sahra Wagenknecht, conocida por las siglas BSW, superó el umbral del 5% con un 5,3% y entró con cinco diputados. La distribución deja 44 puestos en manos de formaciones distintas de AfD.
Sobre el papel, una coalición amplia podría reunir mayoría sin la extrema derecha. En la práctica, necesitaría conciliar a la CDU con partidos situados a su izquierda y posiblemente con BSW, una organización crítica con el apoyo militar a Ucrania y con algunas políticas migratorias y climáticas de los bloques tradicionales.
BSW había anticipado que no votaría ni por Siegmund ni por Schulze, aunque también cuestionó el principio de excluir permanentemente a AfD de cualquier cooperación. Sus cinco escaños pueden convertirse en el elemento decisivo para una investidura alternativa o para prolongar el bloqueo político.
El programa regional de Ulrich Siegmund
Siegmund defendió durante la campaña una ofensiva de deportaciones y “remigración”, término empleado por sectores de la extrema derecha para proponer el retorno forzado o incentivado de inmigrantes y, en algunas formulaciones, de ciudadanos alemanes de origen extranjero. Sus críticos advierten de que su aplicación puede entrar en conflicto con la Constitución, la ciudadanía y el derecho europeo.
El candidato prometió además prohibir banderas arcoíris en centros educativos, detener la construcción de parques eólicos y reforzar el canto del himno nacional en las escuelas. AfD también reclama poner fin a la ayuda alemana a Ucrania y retirar determinados derechos de acogida a los refugiados ucranianos.
La organización regional de AfD está clasificada como extremista de derecha por la inteligencia interior alemana. Esa calificación puede permitir una vigilancia reforzada, pero no constituye una prohibición del partido. La ilegalización requeriría un procedimiento ante el Tribunal Constitucional federal y pruebas de una amenaza activa contra el orden democrático.
Descontento y fractura territorial
Sajonia-Anhalt tiene alrededor de 2,1 millones de habitantes y arrastra envejecimiento, salida de población joven y diferencias económicas respecto de las regiones occidentales. AfD ha convertido esas condiciones en un relato de abandono por parte de Berlín y de los partidos que gobernaron desde la reunificación de 1990.
Siegmund apeló también a la denominada Ostalgie, nostalgia por determinados aspectos de la vida en la antigua Alemania Oriental. Esta corriente no implica necesariamente apoyo al sistema comunista: puede expresar frustración por la pérdida de empleos, instituciones locales y reconocimiento social durante la transformación posterior a la reunificación.
El Instituto Económico Alemán advierte, según The Guardian, de que una política migratoria restrictiva agravaría la escasez de trabajadores en una región envejecida. AfD responde que priorizaría empleo, seguridad y ayudas para la población local, y rechaza que sus propuestas amenacen la economía.
Un precedente para toda Alemania
Ningún partido situado tan a la derecha ha dirigido un estado alemán desde la posguerra. Aunque AfD quede finalmente en la oposición, haber obtenido casi el 44% modifica el equilibrio nacional: puede demostrar que el cortafuegos evita su entrada en el Gobierno, pero no detiene su crecimiento electoral.
La negociación pondrá a prueba a la CDU. Cooperar con AfD rompería una regla central de su dirección federal; formar una alianza extensa con la izquierda puede alienar a votantes conservadores. Repetir las elecciones tampoco garantiza un resultado diferente y podría permitir a AfD presentarse como víctima del resto del sistema.
El próximo punto de control será la constitución del parlamento y la votación para elegir al ministro presidente. Hasta entonces, la victoria de AfD es inequívoca, pero no puede describirse todavía como acceso al poder. El resultado electoral y la capacidad efectiva para gobernar son dos cuestiones diferentes.