Una publicación que rastrea antepasados sin recuperar sus huesos
El estudio apareció el 30 de julio de 2026 en la revista Science. Su novedad no consiste en la recuperación de un fósil ni en la secuenciación de nuevo ADN antiguo: los investigadores reconstruyeron relaciones genealógicas utilizando centenares de genomas de personas actuales. La Universidad de California en Berkeley presentó ese día los resultados y la cronología propuesta.
El artículo, titulado Recovering signatures of archaic hominin introgression using ancestral recombination graphs, fue dirigido por un equipo que incluye a Yulin Zhang, Arjun Biddanda y Priya Moorjani. La publicación formal puede localizarse mediante el DOI 10.1126/science.aef8874. Una versión accesible del trabajo y su metodología permite examinar los controles, simulaciones y resultados genómicos.
Los autores emplean “ancestro fantasma” para designar una población cuya existencia se infiere genéticamente, pero de la que no se dispone de un genoma fósil identificable. El término no implica un ser misterioso ni una nueva especie formal: describe una rama humana desconocida que se separó de otras poblaciones, evolucionó durante miles de años y posteriormente volvió a mezclarse con ellas.
TRACE reconstruye genealogías a lo largo del genoma
La técnica recibió el nombre TRACE, siglas inglesas de TRacking Archaic Contributions via ARG Estimation. Su base son los gráficos de recombinación ancestral, modelos que reconstruyen cómo diferentes fragmentos de los cromosomas actuales se relacionan entre sí a través de generaciones.
Cada persona hereda una combinación de segmentos maternos y paternos. La recombinación rompe y reorganiza esos segmentos en cada generación, pero no elimina completamente su historia. Un fragmento procedente de una población profundamente divergente puede conservar una genealogía mucho más antigua que la de las regiones vecinas.
TRACE busca dos señales combinadas: ramas genealógicas inusualmente profundas y segmentos suficientemente largos para que resulte improbable que hayan sobrevivido desde una separación remota sin un episodio posterior de mestizaje. La combinación ayuda a distinguir la introgresión —la incorporación de ADN mediante cruces entre poblaciones— de la diversidad ancestral compartida por simple continuidad.
El equipo probó primero el método con simulaciones y con aportaciones ya conocidas. TRACE recuperó correctamente fragmentos neandertales en numerosas poblaciones no africanas y señales denisovanas en poblaciones asiáticas y oceánicas. Ese control permitió comprobar que el procedimiento reconocía linajes para los que sí existen genomas antiguos de referencia.
Un ancestro fantasma compartido por toda la humanidad
Después de separar las contribuciones neandertales y denisovanas, permanecieron regiones antiguas que no coincidían con ninguno de esos grupos. TRACE las detectó tanto en poblaciones africanas como no africanas. Cada genoma analizado conservaba, en promedio, aproximadamente entre el 0,49 % y el 1,1 % de ascendencia atribuida a este linaje fantasma.
La presencia a ambos lados de África indica que la mezcla ocurrió antes de la expansión de Homo sapiens que dio origen a la mayor parte de las poblaciones no africanas actuales, situada aproximadamente hace 50.000 años. La mayor diversidad de esos fragmentos en África también encaja con la reducción genética producida cuando una parte relativamente pequeña de la población salió del continente.
Los modelos sitúan la separación entre el linaje fantasma y los antepasados de los humanos modernos alrededor de hace 800.000 años, aproximadamente en la época en que también divergieron los linajes que conducirían a neandertales y denisovanos. No se conoce el aspecto, el territorio exacto ni la clasificación taxonómica de aquella población.
La coincidencia cronológica con distintos grupos humanos del Pleistoceno medio no permite asignarle un fósil concreto. Vincularla automáticamente con Homo heidelbergensis u otra especie sería ir más allá de los datos: las categorías construidas a partir de huesos no siempre corresponden limpiamente con las poblaciones reveladas por la genética.
Un linaje aún más antiguo llegó mediante los denisovanos
TRACE identificó una segunda señal al estudiar genomas de Oceanía, donde la contribución denisovana puede alcanzar alrededor del 4 %. Dentro de esos fragmentos aparecieron genealogías todavía más profundas, pero no una señal semejante en las regiones neandertales.
La explicación favorecida es que una población “superarcaica”, separada de otras ramas humanas hace alrededor de 1,8 millones de años, se cruzó con antepasados de los denisovanos en Eurasia. Mucho después, los denisovanos se mezclaron con Homo sapiens y transmitieron una fracción de aquel ADN más antiguo.
Los investigadores estiman que los denisovanos podían conservar entre un 3 % y un 5 % de ascendencia superarcaica. Los humanos actuales heredaron únicamente una parte de esa proporción, de modo que la señal es pequeña y aparece integrada dentro de segmentos denisovanos.
La cronología coincide de manera amplia con la expansión de poblaciones humanas tempranas como Homo erectus fuera de África, pero tampoco demuestra que esa especie fuera la fuente. La ausencia de un genoma antiguo comparable impide cerrar la identificación, y la antigüedad estimada depende de modelos demográficos y tasas de mutación.
Un mapa evolutivo más parecido a una red
Las regiones arcaicas no están distribuidas al azar. El equipo observó una presencia destacada alrededor de funciones inmunitarias y metabólicas, categorías sometidas a fuertes presiones de selección por patógenos, alimentos y ambientes cambiantes. Eso no significa que todas las variantes fueran beneficiosas: muchas pudieron ser neutrales y otras desaparecieron.
El hallazgo también obliga a revisar los llamados desiertos de ascendencia arcaica, zonas donde casi no se detecta ADN neandertal o denisovano. TRACE encontró allí contribuciones del linaje fantasma, lo que indica que algunas regiones consideradas específicamente modernas pueden contener una historia más compleja.
La precisión futura dependerá de ampliar la diversidad de las bases genómicas. Numerosas poblaciones africanas, asiáticas, oceánicas e indígenas continúan insuficientemente representadas. También ayudarían nuevos genomas denisovanos —actualmente solo uno de alta cobertura sirve como referencia principal— y proteínas recuperadas de fósiles demasiado antiguos para conservar ADN.
La conclusión más sólida no es que se hayan descubierto dos especies con nombre, sino que el ADN actual conserva episodios de mezcla para los que no existen genomas fósiles. La evolución humana vuelve a parecer menos un árbol de ramas aisladas y más una red en la que poblaciones separadas se encontraron repetidamente.