Un estudio nuevo sobre ocupaciones de hace ocho milenios
La investigación fue publicada el 28 de julio de 2026 en PNAS Nexus. El acontecimiento reciente es la aparición del análisis científico, no el descubrimiento del yacimiento: las pruebas arqueológicas proceden de Latnija, una cueva del norte de Malta excavada durante campañas anteriores. Una versión preliminar del estudio se había difundido el 17 de diciembre de 2025 y permanece accesible mediante su DOI de prepublicación.
Los restos de Latnija indican que grupos cazadores-recolectores llegaron al archipiélago hace aproximadamente 8.500 años y mantuvieron alguna forma de presencia durante al menos un milenio. El equipo encabezado por James Blinkhorn y Lucy Timbrell, de la Universidad de Liverpool, no interpreta necesariamente ese registro como una aldea ocupada sin interrupción: pudo incluir visitas estacionales, estancias prolongadas y periodos en que distintas comunidades utilizaron el lugar.
La cuestión central es demográfica. Una población pequeña que queda aislada durante muchas generaciones afronta dificultades para encontrar pareja, conservar diversidad genética y mantener conocimientos especializados. La presentación científica difundida el 28 de julio sostiene que Malta no ofrecía recursos suficientes para mantener por sí sola una comunidad viable durante todo el periodo documentado.
Una isla que se redujo mientras subía el mar
Durante la última glaciación, Malta y Sicilia formaban parte de una extensión terrestre mayor. El aumento del nivel del mar separó definitivamente ambos territorios hace unos 14.200 años y continuó transformando sus costas durante milenios. Las comunidades mesolíticas llegaron, por tanto, cuando el archipiélago ya requería una travesía marítima.
Los investigadores reconstruyeron ese paisaje combinando modelos del nivel marino, la batimetría actual —la forma del fondo del mar— y estimaciones de productividad vegetal. La superficie maltesa accesible disminuyó hasta aproximarse a 252 kilómetros cuadrados, mientras que la distancia de navegación desde Sicilia llegó a rondar los 80 kilómetros durante el milenio analizado.
La cifra no representa necesariamente una ruta recta recorrida desde los mismos puertos. Las costas antiguas eran diferentes y el punto de partida pudo variar según el viento, las corrientes y la estación. Tampoco se conoce la embarcación utilizada: la madera, las fibras vegetales y otros materiales de construcción rara vez sobreviven en contextos tan antiguos.
El estudio evita, por esa razón, atribuir a los navegantes canoas, balsas o técnicas concretas que la arqueología no ha documentado. Lo verificable es que personas y objetos debieron superar una franja de mar abierto. En parte del trayecto, la curvatura terrestre y la visibilidad atmosférica habrían dificultado mantener siempre la costa de destino a la vista.
Cuántas personas podía alimentar Malta
El equipo estimó la capacidad de carga del territorio a partir de la productividad primaria neta, una medida de la energía que las plantas acumulan después de utilizar una parte para su propia respiración. Esa energía constituye la base de las cadenas alimentarias y permite calcular, con amplios márgenes, cuántos cazadores-recolectores podría sostener un paisaje.
Los resultados sugieren un máximo aproximado de 419 habitantes poco después de la separación geográfica. Al reducirse la superficie y cambiar las condiciones ambientales, la capacidad habría descendido hasta unas 170 personas alrededor de hace 9.000 años. No se trata de censos, sino de resultados de un modelo que compara territorio, clima y densidades observadas etnográficamente.
Incluso el valor superior quedaría cerca o por debajo de varios umbrales propuestos para la supervivencia prolongada de una población aislada. El número exacto necesario es discutible porque depende de la estructura familiar, la mortalidad, la fecundidad, la migración y el grado de parentesco. La conclusión no descansa en una frontera universal, sino en la combinación de una población muy reducida con mil años de continuidad arqueológica.
Los autores probaron diferentes supuestos para comprobar si un escenario especialmente favorable permitía prescindir de contactos externos. Malta podía sostener visitas y asentamientos, pero los modelos no explicaban satisfactoriamente la persistencia documentada sin incorporaciones periódicas de personas procedentes de otras tierras.
Una ruta repetida, no una llegada accidental
La primera llegada podría explicarse hipotéticamente como deriva accidental, aunque sobrevivir a un episodio así ya exigiría transportar suficientes personas y recursos. La permanencia durante generaciones plantea una exigencia mayor: los cruces tuvieron que repetirse para aportar nuevos integrantes, materias primas o alimentos.
Esos movimientos no implican una línea comercial organizada comparable con las redes marítimas históricas. Pudo tratarse de familias que alternaban territorios, expediciones para obtener piedra y otros materiales, intercambios entre comunidades o desplazamientos relacionados con matrimonios. El registro actual no permite elegir una única explicación.
La distancia también fue aumentando a medida que el mar cubría las plataformas costeras. Mantener el contacto habría requerido conocimiento acumulado sobre corrientes, vientos, señales celestes y lugares de desembarco. Incluso sin conocer el diseño de las embarcaciones, la continuidad demuestra que la navegación no fue una capacidad marginal o excepcional.
Los perfiles de investigación de James Blinkhorn y Lucy Timbrell confirman la participación de la Universidad de Liverpool y la secuencia de publicación. El trabajo reúne arqueología, modelización climática y demografía en lugar de deducir las travesías únicamente a partir de la presencia de herramientas.
Un Mediterráneo mesolítico más conectado
La navegación maltesa se suma a otras pruebas de movimientos marítimos anteriores a la agricultura. Comunidades cazadoras-recolectoras alcanzaron islas mediterráneas y transportaron materias primas a distancias considerables, aunque la intensidad y regularidad de esos contactos variaron entre regiones.
Malta resulta especialmente informativa porque permite confrontar la ocupación arqueológica con un límite ecológico medible. Si el territorio no podía sostener durante tanto tiempo una población aislada, el mar no funcionaba únicamente como barrera. Era también la vía necesaria para mantener relaciones sociales y biológicas.
El resultado abre preguntas sobre el alcance de esas conexiones. Malta se encuentra entre Sicilia y el norte de África, pero el modelo demuestra necesidad de contacto, no identifica directamente el origen de cada viajero. Los análisis de herramientas, materias primas, restos alimentarios y, si se conservan, ADN e isótopos humanos podrían precisar las rutas.
La principal conclusión es prudente pero significativa: ocupar una isla pequeña durante un milenio requería mucho más que un desembarco afortunado. Aquellas comunidades debieron incorporar el mar a su vida habitual y afrontar travesías de hasta 80 kilómetros para impedir que el aislamiento acabara haciendo inviable su presencia.