Una cobertura reciente sobre resultados anteriores
Los hallazgos volvieron a difundirse el 9 de agosto de 2026 mediante una ampliación publicada por ScienceDaily. La investigación había aparecido el 4 de mayo en Nature Communications y recibió una corrección editorial el 22 de junio. Esa cronología evita presentar como experimento recién realizado un trabajo publicado tres meses antes.
El estudio fue desarrollado por especialistas del Centro Helmholtz de Dresde-Rossendorf —HZDR—, la Universidad de Granada, la empresa Wismut y otras instituciones. Antonio M. Newman-Portela figura como primer autor y Evelyn Krawczyk-Bärsch como una de las responsables del trabajo. El artículo original está identificado con el DOI 10.1038/s41467-026-72560-z.
La investigación aborda un problema de movilidad química. El uranio presente en minerales no siempre permanece fijado a la roca: determinadas condiciones de oxidación pueden transformarlo en uranio hexavalente, U(VI), una forma capaz de disolverse y desplazarse con el agua. Esa movilidad facilita su dispersión desde explotaciones mineras y depósitos contaminados.
Agua de una mina a dos kilómetros de profundidad
Los científicos utilizaron agua procedente de una mina de uranio inundada de los Montes Metálicos, operada por Wismut. En el laboratorio reprodujeron condiciones propias de unos 2.000 metros de profundidad, donde la disponibilidad de oxígeno puede ser muy baja o inexistente.
A las muestras les añadieron glicerol como fuente de carbono. El glicerol forma parte de las grasas animales y vegetales y también puede aparecer durante la descomposición de la materia orgánica. No “neutraliza” directamente el uranio: alimenta a microorganismos capaces de modificar las condiciones químicas del agua mediante su metabolismo.
Durante los 130 días del experimento se enriquecieron bacterias fermentadoras y reductoras de sulfato. Al consumir el glicerol, la comunidad microbiana favoreció un ambiente reductor, es decir, unas condiciones en las que determinadas especies químicas ganan electrones. Esa transformación alteró el estado de oxidación del uranio y redujo su permanencia en la fase acuosa.
El 95 % dejó de estar disuelto
Al concluir el periodo experimental, solo permanecía en el agua alrededor del 5 % del uranio inicialmente disuelto. El resto se había acumulado principalmente en las paredes celulares bacterianas y en partículas minerales asociadas con la biomasa, según los análisis microscópicos y espectroscópicos.
“Inmovilizar” no significa destruir el uranio ni hacerlo desaparecer. Los elementos químicos no son eliminados por el metabolismo bacteriano; cambian de estado, se incorporan a compuestos sólidos o quedan adheridos a estructuras desde las que resulta más difícil que viajen con el agua.
Parte del U(VI) se redujo a uranio tetravalente, U(IV), y formó nanopartículas de uraninita biogénica. Esta vía ya era conocida en investigaciones sobre biorremediación. La sorpresa apareció en una ruta paralela: una proporción considerable pasó a uranio pentavalente, U(V), un estado que tradicionalmente se consideraba intermedio, inestable y de corta duración.
Un compuesto pentavalente inesperadamente persistente
El U(V) se combinó con hierro y oxígeno para formar FeU(V)O₄, además de complejos de uranio pentavalente con carbonato. El compuesto de hierro y uranio no posee todavía un nombre mineral común y había sido observado en 2020 en suelos de Croacia contaminados por munición con uranio.
Aquellas muestras croatas sugerían que FeU(V)O₄ podía persistir durante más de 25 años incluso bajo influencia del oxígeno. El nuevo estudio aporta una explicación posible para su formación natural: la actividad microbiana produce las condiciones y superficies celulares necesarias para estabilizar el uranio pentavalente.
En el experimento, el U(V) persistió como mínimo durante los 130 días en ausencia de oxígeno y otras cuatro semanas después de la exposición a condiciones oxigenadas. La cantidad de FeU(V)O₄ llegó incluso a aumentar cuando la biomasa seca fue expuesta al aire, un resultado contrario a la expectativa de que el oxígeno destruiría rápidamente esa fase.
Sincrotrón, microscopía y estados de oxidación
Para identificar partículas tan pequeñas, los investigadores recurrieron a técnicas complementarias. Parte de las mediciones se realizó en la línea Rossendorf del European Synchrotron Radiation Facility, en Grenoble, donde rayos X de gran intensidad permiten analizar el entorno químico de los átomos.
La espectroscopia distinguió los estados U(IV), U(V) y U(VI), mientras la microscopía localizó las partículas dentro o alrededor de las membranas celulares. Esta combinación fue esencial: medir únicamente la disminución de uranio en el agua no habría permitido saber qué compuestos se habían formado ni si podían volver a disolverse.
La valencia describe, de manera simplificada, la capacidad de un átomo para enlazarse o intercambiar electrones. En el caso del uranio, cambios aparentemente pequeños entre los estados cuatro, cinco y seis modifican de forma importante su solubilidad y comportamiento ambiental.
Una posibilidad para la biorremediación, no una solución disponible
Los resultados abren una vía para diseñar tratamientos en los que se estimule a comunidades bacterianas locales mediante una fuente apropiada de carbono. Si el uranio pasa a fases sólidas estables, puede reducirse su transporte a través de acuíferos o aguas mineras.
Pero el experimento no demuestra todavía que verter glicerol en cualquier zona contaminada resulte seguro o eficaz. Es necesario estudiar la duración de los sólidos, la respuesta de diferentes comunidades microbianas, el efecto sobre otros metales y la posibilidad de que posteriores cambios de oxígeno, acidez o temperatura vuelvan a movilizar el uranio.
Tampoco convierte los residuos nucleares en materia inocua ni elimina su radiactividad. La utilidad potencial consiste en confinar mejor el elemento y reducir su dispersión. Los próximos trabajos deberán identificar qué especies bacterianas intervienen, reconstruir las reacciones bioquímicas y evaluar el proceso en sistemas de mayor escala.
La curiosidad científica reside en que un estado del uranio considerado fugaz pudo mantenerse durante meses gracias a una comunidad microscópica. Las bacterias no consumieron el metal como un alimento ordinario: transformaron el ambiente químico y sus propias paredes celulares se convirtieron en lugares donde el uranio móvil quedó atrapado como mineral.