La longevidad mundial avanza, pero aumentan los años vividos con salud precaria

El mundo vive más, pero pasa ya 10,7 años con enfermedad o discapacidad crónica

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Un estudio del proyecto Carga Mundial de Enfermedad, publicado el 21 de julio de 2026 en The Lancet Public Health, concluye que la diferencia entre la esperanza de vida y los años vividos con buena salud creció de 8,8 años en 1990 a 10,7 en 2023. Las mujeres, los países de renta alta y las personas con trastornos crónicos soportan las mayores brechas.

Más longevidad sin una mejora equivalente de la salud

La esperanza de vida mundial ha avanzado durante las últimas décadas, pero la esperanza de vida saludable no ha crecido al mismo ritmo. Esa es la conclusión central del nuevo análisis coordinado por el Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud —IHME— de la Universidad de Washington, difundido el 21 de julio y publicado ese mismo día en The Lancet Public Health.

El trabajo, basado en las estimaciones del estudio Global Burden of Disease 2023, examinó la evolución entre 1990 y 2023 en 204 países y territorios. Durante ese periodo, la esperanza de vida aumentó aproximadamente 9,2 años, mientras que la esperanza de vida saludable avanzó alrededor de 7,2.

Como consecuencia, la denominada brecha de morbilidad pasó de 8,8 años en 1990 a 10,7 años en 2023. La proporción media de la vida transcurrida con problemas de salud aumentó del 13,6% al 14,5%, de acuerdo con los resultados divulgados por el IHME.

Qué significa realmente la brecha de morbilidad

La brecha se calcula restando la esperanza de vida saludable a la esperanza de vida total. La esperanza saludable incorpora no solo si una persona vive o muere, sino también la prevalencia y gravedad estimada de enfermedades, lesiones y discapacidades. Por tanto, los 10,7 años no describen necesariamente una última década de enfermedad continua para cada individuo.

El indicador resume la carga promedio de limitaciones funcionales y problemas de salud a lo largo de toda la vida. El estudio advierte, de hecho, que el aumento no está circunscrito a los últimos años de la vejez: se distribuye por diferentes etapas de la edad adulta. Esto amplía las implicaciones hacia la actividad laboral, los cuidados familiares, la rehabilitación y la demanda de servicios sanitarios.

Los autores tampoco equiparan automáticamente una mayor longevidad con un resultado negativo. Vivir más gracias a la reducción de la mortalidad es un avance sanitario; el problema es que la prevención de la discapacidad y el manejo de enfermedades no mortales no han progresado con la misma intensidad.

Estados Unidos encabeza la clasificación

En 2023, Estados Unidos presentó la mayor brecha nacional, con 14 años, seguido de Australia, con 13,9, y Canadá, con 13,7. La superregión de renta alta alcanzó una media de 12,7 años, frente a 9 años en África subsahariana, según el resumen completo de los resultados.

Estas diferencias requieren una lectura cuidadosa. Una brecha más corta en países con menos recursos no significa necesariamente que su población disfrute de mejor salud. Puede reflejar una esperanza de vida inferior y más mortalidad prematura, que deja menos años para desarrollar o sobrevivir con enfermedades crónicas. En las sociedades con mayor longevidad, los tratamientos permiten vivir durante más tiempo con afecciones que anteriormente habrían causado una muerte temprana.

Los siete grandes grupos regionales utilizados por el proyecto GBD registraron aumentos tanto en el número absoluto de años con mala salud como en su proporción respecto a la vida total. No obstante, algunos países consiguieron reducir el porcentaje, lo que demuestra que la expansión de la morbilidad no es inevitable ni idéntica en todas las poblaciones.

Una brecha persistentemente mayor entre las mujeres

Las mujeres vivieron más que los hombres en prácticamente todos los entornos analizados, pero también acumularon más años con enfermedad o discapacidad. En 2023, la brecha femenina fue de 12,1 años, frente a 9,3 entre los hombres: una diferencia media de 2,8 años.

El patrón apareció en todas las regiones y en los cinco niveles del Índice Sociodemográfico, una medida que combina ingresos, educación y fecundidad. La ventaja femenina de supervivencia, por tanto, no se tradujo en una ventaja equivalente en años plenamente saludables.

El estudio no atribuye esta diferencia a una única causa. Intervienen la mayor supervivencia femenina hasta edades avanzadas, la prevalencia de enfermedades no mortales, las desigualdades en diagnóstico y tratamiento y la carga acumulada de afecciones musculoesqueléticas o mentales. Los autores reclaman estrategias de envejecimiento saludable que consideren expresamente estas diferencias.

Dolor lumbar, salud mental, audición y caídas

Un conjunto relativamente reducido de enfermedades crónicas y lesiones explicó el 57,4% de los años vividos con mala salud en 2023. Los trastornos musculoesqueléticos —con el dolor lumbar como principal componente— encabezaron la contribución, seguidos de depresión y ansiedad, enfermedades de los órganos de los sentidos como la pérdida auditiva asociada a la edad, caídas y otras lesiones involuntarias.

Estas afecciones reciben a veces menos atención que el cáncer o las enfermedades cardiovasculares porque habitualmente no provocan una muerte inmediata. Sin embargo, pueden causar dolor persistente, aislamiento, pérdida de autonomía y reducción de la capacidad laboral durante periodos prolongados.

Entre los factores de riesgo modificables más relevantes figuraron la glucosa plasmática elevada en ayunas, el índice de masa corporal alto, el tabaquismo y la malnutrición maternoinfantil. Su importancia varió geográficamente: en África subsahariana y otros territorios con bajo desarrollo sociodemográfico, la malnutrición fue el factor principal y la contaminación atmosférica se situó también entre los primeros puestos.

Cómo se construyen y cómo deben interpretarse los datos

El GBD integra registros de mortalidad, encuestas, estudios epidemiológicos, sistemas administrativos y modelos estadísticos para producir estimaciones comparables. Este método permite analizar países con sistemas de información muy diferentes, pero los resultados no equivalen a un recuento directo de cada persona enferma.

La precisión depende de la cobertura y calidad de los datos disponibles. En lugares con registros incompletos, los modelos tienen que estimar valores a partir de otras fuentes y de patrones regionales. Además, la percepción y notificación de determinadas limitaciones pueden variar por cultura, acceso al diagnóstico y funcionamiento del sistema sanitario.

Por ello, las clasificaciones nacionales deben leerse junto con sus intervalos de incertidumbre y no como diferencias absolutas e inmutables. El valor principal del estudio es identificar tendencias consistentes y prioridades sanitarias, no predecir la experiencia clínica individual.

De prolongar la vida a prolongar la salud

Los resultados plantean un cambio de foco: el éxito sanitario no debería medirse únicamente por las muertes evitadas, sino también por la capacidad de retrasar el dolor, la discapacidad y la pérdida de autonomía. Esto implica reforzar prevención cardiovascular y metabólica, salud mental, rehabilitación, audiología, prevención de caídas y atención primaria de largo plazo.

La expansión de la morbilidad incrementa las necesidades de asistencia, cuidados informales y adaptación de viviendas y empleos. También afecta a familiares que asumen tareas de cuidado y a sistemas públicos diseñados originalmente para episodios agudos, no para décadas de multimorbilidad.

Los autores concluyen que mejorar el envejecimiento saludable requiere intervenir antes de que las limitaciones se acumulen y garantizar continuidad asistencial. La longevidad seguirá siendo un logro incompleto mientras los años adicionales no vayan acompañados por una reducción proporcional de la enfermedad y la discapacidad.

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