Una emergencia difundida el 4 de agosto
John Aylieff, director del Programa Mundial de Alimentos —PMA— en Afganistán, presentó el balance durante la rueda de prensa de Naciones Unidas en Ginebra. La información fue publicada también el 4 de agosto por Reuters.
La fecha de publicación coincide con la alerta institucional, pero la crisis es acumulativa. Las admisiones hospitalarias y el deterioro nutricional han aumentado durante 2026, después de varios años de pobreza, restricciones económicas y caída de la financiación humanitaria.
La emaciación —o malnutrición aguda— significa que un niño pesa demasiado poco para su altura. Puede aparecer cuando no recibe suficiente alimento, su dieta carece de nutrientes o enfermedades como diarrea e infecciones respiratorias impiden absorberlos o elevan las necesidades metabólicas.
Los menores de dos años concentran los casos más graves
La malnutrición infantil alcanzó niveles críticos en un tercio de las provincias. El 80% de las formas más graves se registra entre menores de dos años, según Aylieff. Algunos llegan a los hospitales cuando la infección, la pérdida de peso o la deshidratación se encuentran demasiado avanzadas para revertirlas.
Los primeros mil días —desde el embarazo hasta el segundo cumpleaños— son decisivos para el crecimiento cerebral, el sistema inmunitario y el desarrollo físico. Una carencia intensa en ese periodo aumenta el riesgo inmediato de muerte y puede dejar secuelas, aunque la evolución depende de su duración, gravedad y rapidez del tratamiento.
La emaciación no debe confundirse con el retraso del crecimiento, que refleja una estatura baja para la edad y suele estar asociado con privaciones crónicas. Ambos problemas pueden coincidir. Tampoco basta con observar al niño: los equipos emplean peso, longitud o altura, perímetro del brazo y signos clínicos como edema para clasificar el riesgo.
Seis de cada siete pacientes quedan fuera del programa
El PMA podía financiar tratamiento para apenas una de cada siete mujeres y niños con malnutrición aguda. La cobertura había caído desde uno de cada cuatro menores necesitados en marzo, de acuerdo con los datos comunicados a Reuters.
La restricción no significa que las clínicas carezcan de conocimientos médicos. El PMA distribuye alimentos terapéuticos y apoyo nutricional mediante estructuras sanitarias ya existentes, donde trabajan equipos afganos. Cuando se agotan las provisiones, los profesionales pueden diagnosticar el problema sin disponer del producto necesario para tratarlo.
La malnutrición aguda grave suele requerir alimentos terapéuticos listos para consumir, control médico y tratamiento de infecciones. Los pacientes con complicaciones necesitan hospitalización. Repartir porciones inferiores para atender a más familias puede hacer que ninguna reciba una dosis eficaz; por eso los programas priorizan según criterios clínicos.
Un déficit de 770 millones de dólares
El PMA calculó que necesitaba 900 millones de dólares para sus operaciones afganas de 2026, pero hasta el 4 de agosto había recibido solamente 130 millones. Requería otros 500 millones durante los seis meses siguientes para frenar el deterioro nutricional, según el registro oficial de la comparecencia.
Estados Unidos, históricamente uno de los mayores donantes, y varios países europeos redujeron sus aportaciones desde 2025. La agencia había detenido incluso distribuciones de alimentos destinadas a prevenir hambre extrema en algunas de las áreas más afectadas.
Las cifras describen compromisos y necesidades operativas, no dinero que pueda convertirse íntegramente en raciones. Una intervención incluye adquisición, transporte, almacenamiento, personal, vigilancia nutricional y acceso a regiones remotas. Los recortes obligan a decidir qué provincias y pacientes reciben asistencia.
Precios elevados, retornos forzosos y pocos empleos
Cerca de 14 millones de afganos afrontaban hambre aguda y los alimentos básicos costaban entre un 20% y un 30% más, según el PMA. Una cosecha mejor ofrecía cierto alivio, pero sus beneficios quedaban neutralizados por los precios, la debilidad del empleo y el descenso de la ayuda.
Casi seis millones de personas habrían regresado forzosamente desde países vecinos durante los tres años anteriores. Muchas vuelven sin vivienda, tierra, ahorros ni empleo estable. Su llegada aumenta la demanda de agua, atención médica, escuelas y alimentos en comunidades que ya disponen de recursos limitados.
El crecimiento económico comunicado por las autoridades no basta para absorber esa población ni compensa la pérdida de financiación externa. Un hogar puede encontrar alimentos en el mercado y, aun así, padecer inseguridad alimentaria si sus ingresos no le permiten comprarlos regularmente.
La enfermedad convierte la falta de comida en una espiral
El hambre y las infecciones se refuerzan mutuamente. Un niño malnutrido responde peor frente a diarreas, neumonía o sarampión; cada enfermedad, a su vez, reduce el apetito, dificulta la absorción y acelera la pérdida de peso. Agua insegura y saneamiento insuficiente agravan la espiral.
La alimentación materna también es decisiva. La malnutrición durante el embarazo eleva el riesgo de bajo peso al nacer, mientras una madre con dieta insuficiente puede necesitar apoyo para mantener su propia salud y la lactancia. La respuesta debe combinar alimentos, atención prenatal, vacunación, agua y tratamiento de infecciones.
La ayuda nutricional no sustituye ingresos, agricultura, mercados y servicios públicos. Sin medidas que permitan a las familias comprar una dieta variada, los niños recuperados pueden recaer después de terminar el tratamiento.
Qué podría impedir un deterioro mayor
La prioridad inmediata consiste en financiar suministros antes de que nuevos pacientes crucen el umbral de malnutrición grave. La distribución preventiva resulta menos costosa y arriesgada que recuperar a un niño que ya necesita hospitalización, pero es una de las primeras actividades suspendidas cuando el presupuesto se contrae.
También se requiere acceso estable a comunidades remotas, vigilancia que identifique aumentos tempranos y protección de las trabajadoras sanitarias. Las restricciones sobre educación y empleo femenino limitan el futuro del país y pueden obstaculizar la atención de madres que, por razones culturales, necesitan profesionales mujeres.
El PMA sostiene que dispone de estructura y personal para ampliar la respuesta si recibe fondos. La alerta del 4 de agosto no anuncia una hambruna formal ni afirma que todo Afganistán se encuentre en la misma situación; documenta una crisis nutricional creciente en la que millones de pacientes potenciales ya no pueden acceder a una intervención disponible.