América Latina y el Caribe encadena cuatro años de descenso en la subalimentación, pero el progreso convive con una paradoja cada vez más visible: millones de personas comen más, aunque no necesariamente mejor. El alto coste de una dieta saludable y el aumento de la obesidad mantienen encendidas las alertas sociales y sanitarias.
América Latina y el Caribe registra una mejora sostenida en la lucha contra el hambre. El último Panorama Regional de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición señala que la subalimentación cayó por cuarto año consecutivo y afectó al 5,1% de la población en 2024. La cifra supone una reducción frente al máximo alcanzado en 2020 y equivale a 6,2 millones de personas que dejaron de padecer hambre en la región.
El avance, sin embargo, no borra las desigualdades. Más de 33 millones de personas siguen padeciendo hambre, mientras que la inseguridad alimentaria moderada o grave continúa afectando a una parte importante de la población. Las diferencias entre subregiones también son relevantes: América del Sur muestra las mejoras más claras, mientras el Caribe mantiene una situación mucho más frágil, especialmente por el peso de Haití en los indicadores regionales.
El gran desafío ya no es solo garantizar calorías, sino asegurar una alimentación saludable. En 2024, el coste de una dieta saludable en América Latina y el Caribe se situó en 5,16 dólares diarios ajustados por poder adquisitivo, el nivel más alto del mundo. Aunque la asequibilidad mejoró respecto a 2021, 181,9 millones de personas todavía no pudieron acceder a una dieta saludable.
Esa dificultad económica alimenta una doble carga nutricional: hambre y malnutrición por un lado, sobrepeso y obesidad por el otro. La obesidad adulta alcanzó el 29,9% en la región, casi el doble de la media mundial. El dato refleja un cambio profundo en los hábitos alimentarios, marcado por la expansión de productos ultraprocesados, la presión de los precios y la falta de acceso regular a alimentos frescos.
Los organismos internacionales advierten de que el progreso solo será sostenible si se refuerzan las políticas de protección social, alimentación escolar, apoyo al campo y acceso a productos nutritivos. La región ha demostrado que puede reducir el hambre, pero el reto ahora es evitar que la mesa de millones de hogares siga dependiendo de lo más barato, aunque no sea lo más saludable.