Cientos de geoglifos ya revelan la escala de la sociedad Aquiry en la Amazonia
Una noticia reciente sobre un estudio del 29 de julio
The Times publicó el 4 de agosto de 2026 una ampliación sobre el paisaje arqueológico Aquiry. La fecha reciente corresponde a esa nueva cobertura, no al descubrimiento de todos los sitios ni a la publicación académica, presentada seis días antes.
El estudio científico apareció el 29 de julio en Nature, de acuerdo con las coberturas independientes de Live Science y El País. El equipo encabezado por Martti Pärssinen, de la Universidad de Helsinki, reunió teledetección, cartografía arqueológica y datos acumulados durante más de dos décadas.
“Aquiry” no designa necesariamente un Estado centralizado, una etnia única o una ciudad comparable con las capitales modernas. Pärssinen introdujo el término para agruparar comunidades que compartieron formas arquitectónicas, redes, prácticas ceremoniales y una visión cultural reconocible en el suroeste amazónico.
El nombre se relaciona con una forma indígena asociada con el río Acre, interpretada como “río de los caimanes”. La investigación sitúa el paisaje principalmente en el actual estado brasileño de Acre, con conexiones hacia el norte de Bolivia y zonas próximas de Perú.
El láser que atraviesa el dosel
El lidar —siglas inglesas de detección y medición mediante luz— emite pulsos láser desde una aeronave. La mayoría rebota en hojas y ramas, pero una fracción alcanza el suelo. Al separar ambos tipos de retorno, los programas construyen un modelo de la superficie escondida bajo la vegetación.
La técnica no “fotografía” directamente edificios intactos. Detecta diferencias de elevación muy pequeñas: zanjas, terraplenes, caminos elevados, plataformas y depresiones modificadas por manos humanas. Después, la interpretación debe comprobarse con imágenes aéreas, excavaciones, dataciones y conocimiento del paisaje.
El equipo examinó aproximadamente 4.500 kilómetros cuadrados y localizó 396 geoglifos antes desconocidos. Sumados a los registros previos, el conjunto analizado alcanza 432 movimientos de tierra monumentales en el área estudiada, según la información publicada por The Times.
Predominan cuadrados, rectángulos y círculos delimitados por zanjas profundas y taludes exteriores. Algunos poseen avenidas rectas que parten de sus accesos. La geometría regular y la inversión de trabajo necesaria descartan que se trate simplemente de accidentes naturales.
Un paisaje de caminos y centros de reunión
Una investigación complementaria publicada en Latin American Antiquity cartografió 955 caminos con una longitud conjunta de unos 350 kilómetros. La mayoría eran trayectos relativamente cortos; otros conectaban puntos separados por varios kilómetros.
Ese estudio distinguió 634 vías anchas y 321 estrechas. En algunos accesos ceremoniales, la separación inicial podía alcanzar entre 15 y 40 metros antes de reducirse gradualmente. Las estructuras cuadrangulares y los recintos anidados poseían más caminos que los diseños simples o redondeados.
La forma de estas vías apunta a funciones diversas. Algunas facilitarían movimientos cotidianos entre viviendas, cultivos y fuentes de agua; otras pudieron ordenar procesiones, reuniones políticas, intercambios y ceremonias. Una avenida monumental no demuestra por sí sola la existencia de tránsito constante.
Los grandes recintos tampoco deben describirse automáticamente como ciudades densas. La evidencia disponible encaja mejor con centros periódicos de reunión rodeados por asentamientos dispersos, casas comunales, huertos, áreas cultivadas y bosques manejados.
Del año 600 antes de nuestra era al 950
Las dataciones sitúan las primeras construcciones hacia el 600 antes de nuestra era. La tradición continuó aproximadamente hasta los años 850 o 950, por lo que reunió sociedades y transformaciones producidas durante más de un milenio.
Los cálculos plantean un máximo demográfico entre los años 100 y 300. Las cifras de 1,25 a 3 millones de habitantes difundidas por los investigadores no proceden de un censo ni de la excavación de todas las viviendas; son modelos basados en la densidad de obras, la superficie ocupada y supuestos sobre la organización de los asentamientos.
La misma cautela se aplica al cálculo de más de 20.000 —y posiblemente hasta 24.000— movimientos de tierra en unos 183.000 kilómetros cuadrados. El lidar solo ha cubierto una parte del territorio y las zonas hoy deforestadas no representan necesariamente la distribución de las estructuras bajo la selva intacta.
Las estimaciones sirven para expresar orden de magnitud, pero pueden cambiar cuando se amplíe el muestreo. No autorizan a afirmar que tres millones de personas vivieran simultáneamente dentro de ciudades compactas ni que todos los recintos pertenecieran a una administración única.
Una Amazonia transformada sin convertirse en desierto
Los constructores removieron grandes cantidades de tierra y abrieron corredores rectos. También cultivaron maíz, calabaza y otras plantas, y probablemente fomentaron especies útiles dentro de sistemas de agroforestería.
Eso demuestra una modificación intensa del entorno, pero no equivale a la eliminación permanente de la selva. Las comunidades podían combinar zonas abiertas, huertos, bosques secundarios y masas arbóreas manejadas, creando un mosaico productivo que posteriormente volvió a cubrirse de vegetación.
La investigación cuestiona la antigua imagen de una Amazonia precolonial casi vacía y exclusivamente ocupada por pequeños grupos móviles. Al mismo tiempo, sustituir ese estereotipo por el de una única metrópoli desaparecida produciría una simplificación distinta.
La comparación con las ciudades-Estado griegas, empleada en la cobertura del 4 de agosto, pretende describir comunidades políticamente independientes con prácticas culturales compartidas. No establece igualdad de instituciones, escritura, densidad urbana o tecnología, y debe entenderse como una analogía interpretativa.
Ni “perdidos” ni culturalmente anónimos
Muchos sitios permanecieron fuera de los inventarios académicos porque la cubierta forestal impedía observarlos desde el aire. Sin embargo, no estuvieron necesariamente “perdidos” para las comunidades indígenas locales, que conocían lugares, caminos y espacios considerados sagrados.
Reconocer ese conocimiento evita presentar la teledetección como si hubiera creado el patrimonio que mide. El lidar proporciona una escala cartográfica nueva, mientras la memoria y los usos indígenas ayudan a comprender por qué determinadas posiciones continúan siendo significativas.
La deforestación permitió detectar inicialmente numerosos geoglifos, pero también los expone a agricultura mecanizada, carreteras, incendios y saqueo. El reto consiste en investigar sin convertir la revelación de ubicaciones sensibles en una guía para su destrucción.
Las siguientes campañas deberán excavar una muestra más amplia, fechar caminos y recintos por separado y reconstruir la relación entre centros ceremoniales, viviendas y producción alimentaria. También será necesario incorporar a las comunidades locales en las decisiones sobre protección y difusión.
La conclusión sólida no depende de llamar “civilización perdida” a Aquiry. Centenares de formas geométricas, centenares de kilómetros de caminos y un área cultural de escala regional muestran que el suroeste amazónico fue un paisaje construido, conectado y socialmente complejo mucho antes de la colonización europea.