La industria turística cubana, considerada uno de los motores clave de la economía nacional, atraviesa su peor momento en casi dos décadas, en gran medida por el impacto directo de la crisis energética sobre la experiencia de los visitantes y la operación de hoteles, restaurantes y servicios asociados. En 2024 Cuba recibió 2,2 millones de turistas internacionales, un 9,6% menos que en 2023 y la cifra más baja en 17 años, muy lejos de los 4,2 millones registrados en 2019, último año antes de la pandemia. A pesar de los esfuerzos oficiales por relanzar el sector, las metas gubernamentales quedaron ampliamente incumplidas: La Habana aspiraba inicialmente a 3,2 millones de visitantes, luego rebajados a 2,7 millones, objetivos que no se alcanzaron.
En 2025 la contracción se profundizó, con caídas de dos dígitos en la llegada de viajeros y un entorno operativo cada vez más adverso para las empresas del sector. Datos oficiales y de medios especializados apuntan a descensos cercanos al 20% en los arribos internacionales respecto a 2024, situando a la isla a la zaga de otros destinos caribeños que ya superaron los niveles de turismo previos a la covid‑19. Mientras países como República Dominicana batieron récords históricos de visitantes, Cuba se consolidó como la excepción negativa en la región, incapaz de aprovechar la recuperación global de los viajes.
Uno de los factores determinantes de este desplome es la agudización de la crisis energética, con apagones prolongados y generalizados que, desde 2024, se han vuelto parte de la vida cotidiana en la isla. El país sufre frecuentes fallos de su sistema electroenergético nacional, alimentado por plantas envejecidas, sobreexplotadas y con serios problemas de mantenimiento, a lo que se suma un déficit crónico de combustible. En algunos territorios se registran cortes diarios de electricidad de hasta 12 y 20 horas, afectando tanto a la población como a las instalaciones turísticas que intentan sostener servicios básicos con costosos grupos electrógenos.
El impacto en la experiencia de los turistas es directo: interrupciones del aire acondicionado, fallos en la climatización y el bombeo de agua, problemas con la iluminación, dificultades para ofrecer alimentos y bebidas con regularidad y afectaciones al transporte interno. Hoteles y resorts han tenido que operar con generadores para garantizar servicios mínimos, incrementando sus costos en un contexto de escasez de divisas y de mantenimiento. Pese a los esfuerzos por priorizar la energía para las zonas hoteleras, numerosos visitantes reportan estancias marcadas por apagones, desabastecimiento y deterioro de infraestructuras, lo que se traduce en cancelaciones y malas reseñas en los principales mercados emisores.
Las cifras de llegadas reflejan un cambio de tendencia especialmente preocupante en el mercado europeo, tradicionalmente estratégico para la isla. En el caso de España, uno de los principales emisores de viajeros hacia Cuba, se ha registrado una caída superior al 27% en el número de turistas respecto al año anterior, mientras que países como Reino Unido, Bélgica o Argentina han llegado incluso a cancelar totalmente sus conexiones con el destino. Esta contracción responde no solo a la crisis energética y económica, sino también a la creciente competencia de destinos como Punta Cana o Cancún, que ofrecen mejores infraestructuras, menor percepción de riesgo y mayor estabilidad de servicios.
La combinación de apagones, deterioro urbano y escasez de productos básicos ha erosionado seriamente la imagen de Cuba como destino turístico de calidad. Visitantes y turoperadores señalan que los cortes eléctricos frecuentes, el desabastecimiento en hoteles y restaurantes y el estado de las ciudades —con problemas de recogida de residuos y mantenimiento— desincentivan las reservas y reducen la tasa de repetición del destino. Las quejas se extienden también al sistema de transporte, con dificultades operativas por la falta de combustible que afectan traslados internos y excursiones, añadiendo incertidumbre a la planificación de los viajes.
Pese a este escenario, el Gobierno cubano sostiene que el impacto de los apagones sobre el turismo es limitado y defiende las inversiones realizadas en infraestructuras hoteleras. Autoridades del Ministerio de Turismo han asegurado que se adoptan medidas para garantizar la viabilidad de los servicios en los polos principales, priorizando el suministro eléctrico y el uso de generadores en los hoteles, incluso cuando el resto del país queda a oscuras. No obstante, organizaciones independientes y medios especializados advierten que esta estrategia genera una brecha entre enclaves turísticos y la realidad del conjunto de la población, a la vez que no logra revertir la tendencia negativa de llegadas.
El retroceso del turismo tiene un fuerte efecto arrastre sobre el conjunto de la economía cubana, ya que el sector aporta una parte sustancial de las divisas que ingresan al país y ocupa a miles de trabajadores directa e indirectamente. Los ingresos turísticos se redujeron desde más de 3.100 millones de dólares en 2019 a poco más de 1.200 millones en 2023, sin que la recuperación posterior haya permitido remontar esos niveles ante la combinación de crisis energética, restricciones externas y problemas de gestión interna. Analistas advierten de que la caída de visitantes, sumada a la contracción del PIB —que descendió un 1,1% en 2024— y a la persistente inflación, refuerza la percepción de una economía atrapada en una “guerra económica” de larga duración.
En paralelo, la crisis del sector turístico alimenta un círculo vicioso con otros segmentos productivos, como la agricultura, la industria y los servicios, también afectados por los apagones y el desabastecimiento. La falta de electricidad y combustible limita la producción de alimentos, el transporte de mercancías y la capacidad de respuesta de pequeñas y medianas empresas, reduciendo la oferta para hoteles y restaurantes e incrementando los costos de operación. Para los expertos, mientras no se aborde estructuralmente el colapso del sistema electroenergético y no se modernicen las infraestructuras básicas, será difícil que Cuba recupere competitividad turística frente a sus vecinos del Caribe.
A corto plazo, el país enfrenta el reto de evitar que el deterioro de la imagen internacional se consolide, en un contexto de creciente exigencia por parte de los viajeros, que priorizan destinos con estabilidad de servicios, seguridad y conectividad. Las decisiones de turoperadores y aerolíneas, que ya han reducido capacidades o han salido del mercado cubano, serán clave para determinar si la isla consigue frenar la hemorragia de visitantes o si la crisis energética termina de hundir la principal fuente de ingresos turísticos del país. En un Caribe cada vez más competitivo, la persistencia de apagones masivos y fallos estructurales en el sistema eléctrico coloca a Cuba ante una encrucijada: reformar su modelo energético y de gestión del turismo, o seguir perdiendo terreno en uno de los sectores que históricamente ha sostenido su economía.