Un modelo analiza el pulso de calor en las primeras horas tras el gran impacto

El polvo de Chicxulub pudo avivar incendios globales en las primeras dos horas

Imagen de referencia creada con IA
Una simulación propone que el polvo fino expulsado por el impacto de Chicxulub actuó como una cubierta aislante y devolvió hacia la superficie parte del calor producido por la caída de esférulas de roca. El mecanismo habría multiplicado por 3,5 la intensidad térmica y pudo encender vegetación en amplias regiones durante las primeras horas de la extinción de hace 66 millones de años. La evidencia geológica mundial de esos incendios, sin embargo, sigue incompleta.

Una catástrofe reconstruida hora por hora

Hace 66 millones de años, un asteroide de alrededor de diez kilómetros de diámetro impactó en la actual península mexicana de Yucatán y originó el cráter de Chicxulub. La colisión coincide con el límite entre el Cretácico y el Paleógeno, conocido como K-Pg, y con la desaparición de cerca de tres cuartas partes de las especies, incluidos todos los dinosaurios no avianos.

El choque vaporizó roca, lanzó material fuera de la atmósfera, generó terremotos y tsunamis y liberó aerosoles capaces de modificar el clima. El nuevo estudio se concentra en un intervalo mucho más breve: la primera o segunda hora después del impacto, cuando parte de los materiales expulsados comenzó a regresar. Los resultados aparecieron el 28 de julio en el Journal of Geophysical Research: Biogeosciences, según el registro de la American Geophysical Union.

Esférulas que calentaron la atmósfera

Una parte del vapor de roca se enfrió y condensó en diminutas gotas fundidas llamadas esférulas. Esas partículas ascendieron miles de kilómetros y se dispersaron alrededor del planeta antes de caer de nuevo. Al atravesar la atmósfera a gran velocidad, transfirieron energía al aire y generaron un pulso de radiación térmica hacia la superficie.

Modelos anteriores compararon el efecto con un horno encendido a escala planetaria. La radiación podía lesionar gravemente a animales expuestos, pero los cálculos no siempre alcanzaban la intensidad y duración necesarias para encender madera o vegetación húmeda de forma generalizada. Esa limitación debilitó durante años la hipótesis de un incendio global instantáneo y favoreció explicaciones centradas en la posterior oscuridad y el colapso de la cadena alimentaria.

Brandon Johnson, Alexandria Johnson, Shigeru Wakita y Douglas Robertson incorporaron otro componente: el material vaporizado que no se convirtió en esférulas, sino que terminó condensándose como polvo de silicato de tamaño micrométrico. Un micrómetro es la milésima parte de un milímetro. Partículas tan pequeñas pueden permanecer suspendidas, absorber radiación y alterar profundamente el intercambio de energía entre la superficie, la atmósfera y el espacio.

Una cubierta que multiplicó el calor

El equipo combinó simulaciones del impacto con mediciones geológicas del polvo depositado en el límite K-Pg. El resultado indica que una capa global extremadamente opaca habría impedido que una parte importante del calor escapara hacia el espacio. En vez de actuar solo como una pantalla que bloquea el Sol, el polvo habría funcionado inicialmente como la tapa de un recipiente térmico.

Con esa cubierta, la radiación que alcanzó la superficie pudo ser unas 3,5 veces más intensa que la calculada para las esférulas por sí solas. El incremento situaría numerosas regiones por encima de los umbrales de ignición de combustibles finos como hojas, agujas, líquenes y ramas secas. Esos materiales pueden iniciar fuegos que posteriormente se extiendan hacia troncos y vegetación más pesada.

La conclusión no exige que todos los bosques comenzaran a arder exactamente al mismo tiempo. La humedad, la nubosidad, el tipo de vegetación, la distancia del impacto y la distribución del material modificarían el efecto local. El modelo establece que la energía era suficiente para generar incendios ampliamente distribuidos, no que cada kilómetro de la superficie terrestre quedara consumido de manera uniforme.

Del calor inmediato al invierno de impacto

El mismo polvo habría producido efectos opuestos en momentos sucesivos. Durante la caída de las esférulas, retuvo la radiación térmica y elevó la exposición en la superficie. Una vez terminada esa lluvia caliente, bloqueó la luz solar y favoreció un enfriamiento prolongado. La analogía utilizada por los autores es la de un recipiente aislante que puede conservar tanto una bebida caliente como una fría.

Un estudio de 2023 basado en partículas del límite K-Pg estimó que el polvo de silicato, con tamaños aproximados de 0,8 a ocho micrómetros, pudo permanecer en la atmósfera hasta quince años, reducir la temperatura media global en unos 15 grados y limitar la fotosíntesis durante casi dos años. Esos resultados, recogidos por la Vrije Universiteit Brussel, proporcionaron parte de la base geológica utilizada para reconsiderar el calentamiento inicial.

El escenario encadena así dos crisis: un pulso térmico de horas, seguido por oscuridad, enfriamiento y reducción de la productividad biológica. Los incendios añadirían hollín y gases a una atmósfera ya cargada de polvo y compuestos de azufre. La desaparición de plantas y plancton habría reducido posteriormente el alimento disponible para herbívoros y depredadores.

Los refugios y el patrón de supervivencia

Animales capaces de permanecer bajo tierra, dentro de troncos, en sedimentos o en agua poco profunda habrían recibido una dosis térmica menor que los expuestos. Esa diferencia resulta compatible con la supervivencia de pequeños mamíferos, aves, cocodrilos, tortugas y numerosos organismos acuáticos, aunque ningún rasgo aislado explica por completo qué linajes atravesaron la extinción.

El tamaño corporal, la dieta flexible, la capacidad de entrar en estados de baja actividad y la reproducción rápida también pudieron ser decisivos durante los meses y años posteriores. El nuevo modelo se ocupa principalmente de la primera exposición al calor; no puede calcular por sí solo la supervivencia de cada especie. Tampoco demuestra que los animales encontrados en madrigueras murieran o sobrevivieran directamente a causa de ese mecanismo.

Una hipótesis potente con un registro incompleto

La principal cautela procede de la distribución de las evidencias de fuego. Los depósitos norteamericanos conservan hollín y carbón asociados con el límite K-Pg, pero el registro de incendios completamente globales no está documentado con la misma claridad. Alfio Alessandro Chiarenza, paleontólogo de University College London ajeno al estudio, señaló a la AGU que esa señal podría aparecer en futuras investigaciones, pero que todavía no existe.

Separar el hollín producido por incendios forestales del generado por hidrocarburos vaporizados cerca del cráter también requiere análisis químicos e isotópicos. Los sedimentos pueden haber sido erosionados, desplazados o mezclados durante 66 millones de años, de modo que la ausencia de carbón en una sección no prueba necesariamente que aquella región