Arqueología calcula las redes que sostuvieron la presencia mesolítica en Malta

Malta necesitó travesías repetidas para sostener a unos pobladores mesolíticos

Imagen de referencia creada con IA
Un modelo demográfico concluye que Malta era demasiado pequeña para mantener de forma aislada una población de cazadores-recolectores durante el milenio comprendido aproximadamente entre hace 8.500 y 7.500 años. Los resultados indican que la presencia documentada en la isla tuvo que apoyarse en viajes marítimos repetidos, ocupaciones estacionales o contactos regulares con otras comunidades mediterráneas.

Una ocupación que planteaba un problema demográfico

Las excavaciones en la cueva de Latnija, en la región septentrional maltesa de Mellieħa, demostraron en 2025 que grupos cazadores-recolectores habían llegado al archipiélago alrededor de mil años antes que las primeras comunidades agrícolas conocidas. Herramientas de piedra, hogares y residuos de alimentos sitúan las ocupaciones mesolíticas entre hace aproximadamente 8.500 y 7.500 años. El hallazgo desplazó hacia atrás el comienzo documentado de la historia humana de Malta.

La duración del registro abrió una pregunta distinta: cómo pudo mantenerse durante un milenio una población dependiente de la caza, la recolección y los recursos costeros en un territorio tan reducido. James Blinkhorn y otros siete investigadores combinaron reconstrucciones geográficas, productividad vegetal y datos demográficos para evaluar si la isla podía sostener una comunidad aislada. La síntesis fue publicada por PNAS Nexus el 28 de julio, aunque las excavaciones y cálculos se realizaron con anterioridad.

Una isla reducida por el ascenso del mar

Malta y Sicilia estuvieron conectadas durante periodos de nivel marino bajo, cuando gran parte del agua terrestre permanecía atrapada en los hielos glaciares. El calentamiento posterior al último máximo glacial elevó progresivamente el Mediterráneo e inundó las superficies bajas. Según el modelo, las dos tierras quedaron definitivamente separadas hace unos 14.200 años.

Durante el milenio posterior, la distancia marítima mínima aumentó hasta aproximadamente 80 kilómetros. La ruta real podía ser mayor debido a corrientes, puntos de salida y necesidad de navegar hacia lugares visibles o conocidos. El estudio arqueológico que documentó la presencia humana en 2025 calculó travesías de al menos 100 kilómetros de mar abierto, probablemente realizadas sin velas. El Instituto Max Planck de Geoantropología estimó que, a unos cuatro kilómetros por hora, el recorrido exigiría alrededor de un día completo e incluiría horas de oscuridad.

Al mismo tiempo, Malta fue perdiendo extensión hasta acercarse a los 252 kilómetros cuadrados actuales. La reducción no solo eliminó terreno: disminuyó la cantidad de vegetación, agua dulce, animales y materias primas disponible para sostener a una población. En una economía cazadora-recolectora, esas restricciones son especialmente importantes porque las comunidades necesitan desplazarse entre recursos que cambian con las estaciones.

De la productividad vegetal al número de habitantes

Los investigadores reconstruyeron la superficie de Malta y Sicilia utilizando modelos batimétricos actuales y curvas de variación del nivel del mar. Después calcularon la productividad primaria neta, es decir, la materia vegetal que queda disponible en un ecosistema después de descontar la energía consumida por la propia respiración de las plantas. Esa productividad se relaciona, de manera indirecta, con la cantidad de animales y personas que puede sostener un territorio.

Para traducirla en densidad humana, el equipo recurrió a datos etnográficos de sociedades cazadoras-recolectoras recientes. El procedimiento no supone que todas esas comunidades vivieran de la misma forma que los grupos malteses; utiliza sus relaciones observadas entre clima, productividad y población como referencia cuantitativa. Los métodos y resultados preliminares están documentados en la versión pública del estudio, difundida antes de su publicación revisada por pares.

El máximo calculado para Malta poco después de su separación de Sicilia fue de unas 419 personas. Conforme disminuyeron la superficie y los recursos, la capacidad estimada cayó hasta alrededor de 170 habitantes hace 9.000 años, poco antes de las primeras ocupaciones arqueológicas confirmadas. Las cifras no representan un censo ni indican que exactamente 170 personas vivieran allí: son límites potenciales derivados de la combinación de área, clima y analogías etnográficas.

Por qué 170 personas no bastarían durante siglos

Una población pequeña puede sobrevivir durante años, pero su continuidad prolongada resulta vulnerable a accidentes, epidemias, desequilibrios entre edades y sexos reproductivos y fluctuaciones de recursos. También pierde diversidad genética con mayor rapidez. El umbral exacto de viabilidad depende de la movilidad, la estructura familiar, la fecundidad y la frecuencia de contactos externos, por lo que no existe un único número aplicable a todas las sociedades.

El modelo concluye que la capacidad máxima maltesa se encontraba por debajo de la necesaria para mantener de manera autónoma una población durante el milenio representado en Latnija. Esto no significa que la isla estuviera siempre ocupada ni que cada generación residiera permanentemente en la cueva. La explicación compatible con los datos incluye visitas estacionales, asentamientos de varios años seguidos por nuevas llegadas o una población residente reforzada regularmente desde el exterior.

Los viajes repetidos implican conocimiento náutico y social. Los navegantes debían reconocer corrientes, vientos, estrellas y señales costeras, además de construir y mantener embarcaciones capaces de transportar personas, alimentos y utensilios. El estudio no conserva esas barcas ni determina su diseño. Las canoas excavadas en troncos constituyen una posibilidad razonable, pero siguen siendo una reconstrucción basada en tecnologías conocidas de otros contextos prehistóricos.

Un Mediterráneo conectado antes de la agricultura

La interpretación transforma Malta de refugio aislado en nodo de una red. Si las comunidades regresaron durante generaciones, debieron transmitir rutas y conocimientos entre grupos. Esos contactos pudieron sostener matrimonios, intercambio de materias primas y circulación de información. Sin embargo, el modelo demográfico no demuestra por sí solo qué bienes transportaban ni desde qué puerto partía cada travesía.

La hipótesis también resulta relevante para estudiar la ascendencia europea cazadora-recolectora identificada en poblaciones prehistóricas del norte de África. Malta se encuentra en una posición intermedia entre Sicilia y las costas norteafricanas, pero su ocupación no prueba una ruta directa entre continentes. Sí muestra que las distancias marítimas consideradas prohibitivas podían ser recorridas de manera reiterada antes de la expansión de la agricultura y de las embarcaciones a vela.

Límites y próximas excavaciones

Las estimaciones dependen de reconstrucciones climáticas, promedios de productividad y analogías con poblaciones recientes. Los recursos marinos pudieron elevar la capacidad local, mientras las sequías, la escasez de agua dulce o la pérdida de fauna pudieron reducirla. El modelo identifica el escenario más consistente con la información disponible, pero no reemplaza las evidencias arqueológicas de cada visita.

Nuevas dataciones en Latnija permitirán establecer si las capas representan presencia continua o episodios separados. El análisis de materias primas podría revelar si determinados instrumentos procedían de Sicilia u otras islas, mientras los restos humanos y animales pueden aportar información sobre movilidad, dieta y parentesco. Por ahora, la conclusión central es demográfica: la duración del Mesolítico maltés resulta muy difícil de explicar sin travesías regulares que conectaran la isla con comunidades más numerosas.