Paleontología | Polvo de Chicxulub pudo convertir la Tierra en un horno global

El polvo del asteroide atrapó calor y pudo incendiar la Tierra entera en horas

Imagen de referencia creada con IA
Una nueva simulación sostiene que el polvo fino generado por el impacto de Chicxulub pudo actuar como una capa aislante, atrapando cerca de la superficie el calor emitido por material que reentraba en la atmósfera. El mecanismo habría provocado temperaturas letales e incendios extensos durante las primeras horas de la extinción de hace 66 millones de años.

Una hipótesis

El estudio apareció en Journal of Geophysical Research: Biogeosciences, revista de la Unión Geofísica Americana. El artículo, titulado Heat and wildfires during the K–Pg mass extinction enhanced by fine dust, está disponible mediante el DOI 10.1029/2026JG009837.

La Unión Geofísica Americana presentó los resultados el mismo día. El trabajo no anuncia un nuevo cráter ni una capa geológica recién descubierta: propone un mecanismo atmosférico mediante modelos físicos y datos ya disponibles sobre el volumen y tamaño de las partículas expulsadas.

Hace unos 66 millones de años, un asteroide de aproximadamente diez kilómetros de diámetro impactó en la actual península mexicana de Yucatán. El choque creó el cráter de Chicxulub y coincide con la extinción del límite Cretácico-Paleógeno —K–Pg—, en la que desapareció cerca del 75 % de las especies, incluidos todos los dinosaurios no avianos.

La investigación intenta explicar las primeras horas posteriores al impacto, una etapa diferente del llamado invierno de Chicxulub. El enfriamiento prolongado se produjo cuando polvo, sulfatos y hollín bloquearon la luz solar; el nuevo trabajo analiza, en cambio, si la superficie sufrió antes un episodio breve de calor extremo.

Roca vaporizada y esferas que regresaron del cielo

La colisión liberó una energía suficiente para fundir y vaporizar más de 1.000 kilómetros cúbicos de material, según las estimaciones utilizadas por el equipo. Parte de ese vapor ascendió por encima de la atmósfera y se condensó en pequeñas gotas de roca fundida, conocidas como esférulas.

Al caer de nuevo hacia la Tierra, las esférulas atravesaron la atmósfera a gran velocidad. La fricción y la compresión del aire transformaron parte de su energía en radiación térmica. Modelos anteriores ya habían planteado que esa lluvia incandescente podía calentar la superficie, quemar vegetación y matar organismos expuestos.

El problema era explicar cómo se distribuía el calor. Si la energía escapaba con facilidad hacia el espacio, sus efectos podían ser intensos cerca del impacto, pero más limitados al otro lado del planeta. El nuevo modelo incorpora una enorme cantidad de polvo silicatado fino suspendido a gran altura.

Los autores calculan aproximadamente 1,6 billones de toneladas de polvo —1,6 × 10¹⁵ kilogramos—, con partículas características cercanas a 2,88 micrómetros. Un micrómetro es una milésima de milímetro; por comparación, un cabello humano suele medir decenas de micrómetros de diámetro.

Una manta radiativa sobre la atmósfera

El polvo no generaría por sí mismo toda la energía térmica. Su función habría sido actuar como una cubierta radiativa: absorber parte de la energía que intentaba escapar y emitirla nuevamente, incluida una fracción dirigida hacia abajo. El efecto se asemeja al de una capa aislante, aunque ocurrió a una escala y con una composición radicalmente distintas.

El modelo estima una profundidad óptica mínima cercana a 620. La profundidad óptica mide cuánta radiación puede atravesar un material: un valor reducido representa transparencia, mientras que uno muy elevado indica que la capa es prácticamente opaca. Con una cifra de varios centenares, la luz térmica habría experimentado múltiples absorciones y reemisiones.

En los cálculos, el flujo térmico máximo sobre la superficie superó los 18 kilovatios por metro cuadrado. Es varias veces más intenso que la radiación solar recibida normalmente al mediodía. La dosis térmica acumulada alcanzó aproximadamente 17 veces el umbral empleado por los autores como referencia de letalidad humana.

Esas comparaciones no significan que hubiera personas presentes ni que todos los organismos reaccionaran igual. Plantas, animales acuáticos, huevos, semillas y especies protegidas bajo tierra poseen tolerancias diferentes. La medida sirve para expresar la magnitud del episodio en términos comprensibles.

De una a dos horas para la vida expuesta

La simulación indica que buena parte de la vida situada al aire libre pudo morir durante la primera o segunda hora posterior al impacto. Las superficies iluminadas por el resplandor atmosférico recibieron calor suficiente para inflamar vegetación seca y dañar gravemente tejidos animales.

El mecanismo también permitiría que surgieran incendios lejos de Yucatán. No sería necesario que llamas o fragmentos encendidos recorrieran continentes enteros: la atmósfera calentada desde arriba podía elevar simultáneamente la temperatura de numerosos paisajes.

La cobertura de El País publicada el 28 de julio recoge que las temperaturas y el flujo energético calculados permitirían incendios muy extensos. También subraya, sin embargo, que convertir ese resultado en una afirmación de fuego planetario requiere más pruebas geológicas.

Los incendios producirían hollín adicional, que después contribuiría al oscurecimiento y enfriamiento de la atmósfera. El desastre habría pasado así de una fase inicial extremadamente caliente a otra fría y prolongada, con fotosíntesis reducida, colapso de cadenas alimentarias y temperaturas medias muy inferiores.

La evidencia de un incendio mundial aún está incompleta

El artículo describe una posibilidad física, no una observación directa de cada región del planeta. El paleontólogo Alfio Alessandro Chiarenza, del University College de Londres y ajeno al estudio, señaló que todavía no se ha encontrado una huella inequívoca de incendios simultáneos a escala global.

Existen capas con carbón, hollín y materiales alterados por calor en distintos lugares, pero su origen y sincronía son discutidos. Algunos depósitos pudieron formarse por incendios regionales, por material expulsado durante el impacto o por procesos ocurridos después. La conservación geológica tampoco es uniforme: muchos sedimentos de aquella época fueron erosionados o transformados.

Tanis, en Dakota del Norte, constituye uno de los yacimientos más relevantes para reconstruir las primeras horas. Situado a unos 3.000 kilómetros de Chicxulub, conserva peces, esférulas y depósitos relacionados con grandes oleajes producidos poco después del choque. Aun así, un solo enclave no puede establecer qué ocurrió simultáneamente en todos los continentes.

La formulación rigurosa es, por ello, condicional: el polvo pudo hacer posible una oleada de calor y fuego casi mundial. Confirmar el alcance exigirá comparar capas del límite K–Pg de distintos océanos y continentes y separar las señales de la fase térmica de las producidas durante el invierno posterior.

Calor inmediato y décadas de enfriamiento

La aparente contradicción entre un “horno” inicial y un planeta congelado desaparece al considerar las escalas temporales. El episodio térmico habría durado horas; el polvo y los aerosoles que bloqueaban la luz solar permanecieron mucho más tiempo y alteraron el clima durante años o décadas.

Simulaciones climáticas anteriores estimaron descensos medios próximos a 20 grados Celsius y una recuperación de varias décadas. La fotosíntesis se redujo cuando la oscuridad afectó a plantas terrestres y plancton marino. Para numerosos animales que sobrevivieron al calor inicial, la falta posterior de alimento pudo resultar decisiva.

La combinación también ayuda a explicar por qué los refugios importaron. Organismos acuáticos, excavadores o capaces de permanecer bajo sedimentos habrían estado parcialmente protegidos frente a la radiación inmediata. Después debieron superar el frío, la oscuridad, la acidificación y la reorganización de los ecosistemas.

El estudio añade una pieza a una extinción que no tuvo una sola causa. Onda expansiva, terremotos, tsunamis, calor, incendios, lluvia ácida, oscuridad y enfriamiento actuaron en momentos y lugares diferentes. La nueva propuesta sitúa una manta microscópica de polvo como amplificador de la primera fase del desastre.

Las próximas pruebas deberán buscar una correlación entre el tamaño de las partículas, las señales térmicas y la distribución del carbón en sedimentos fechados con precisión. Hasta entonces, la imagen de una Tierra incendiada en pocas horas debe entenderse como el resultado respaldado por una simulación física, no como un escenario cerrado sin incertidumbre.