Antropología | Enterrar a los muertos en casa fue común antes del colonialismo

Un estudio global explica por qué dejamos de enterrar a muertos junto a la casa

Imagen de referencia creada con IA
Una comparación de 60 sociedades documentadas por etnógrafos y 49 comunidades arqueológicas indica que los enterramientos dentro o junto a las viviendas fueron mucho más comunes en el pasado. La permanencia en un lugar no explica por sí sola la práctica; la expansión colonial y las religiones organizadas contribuyeron a desplazarla hacia cementerios y crematorios.

Dos archivos que cuentan historias diferentes

El estudio fue divulgado el 27 de julio de 2026 y publicado en la revista American Antiquity. Analiza el llamado enterramiento residencial: la colocación de personas fallecidas dentro de una casa, debajo de sus pisos o en espacios inmediatamente contiguos utilizados por la familia.

La investigación fue encabezada por Sabina Cveček, arqueóloga y becaria posdoctoral Marie Skłodowska-Curie del Museo Field de Chicago. Participaron Timothy Earle, Carol Ember, Gary Feinman y William Parkinson, especialistas vinculados con Northwestern, Yale y el propio museo.

El artículo, titulado Funerary Placement in the Past and Present: Uses of Ethnographic Analogy for Archaeological Interpretation, puede consultarse mediante el DOI 10.1017/aaq.2026.10208. La divulgación científica de Phys.org, publicada el 27 de julio, aporta la explicación metodológica y las declaraciones del equipo.

Doce por ciento frente a treinta y tres

Cveček construyó inicialmente una muestra de 60 sociedades descritas en etnografías, registros elaborados principalmente durante los últimos siglos por antropólogos que observaron o recopilaron información sobre comunidades vivas. Solo el 12 % practicaba enterramientos residenciales en el periodo documentado.

El porcentaje parecía reducido frente a la frecuencia con la que las tumbas aparecen bajo patios, habitaciones y muros en yacimientos antiguos. El equipo recurrió entonces a otra base y examinó 49 comunidades conocidas mediante la arqueología. Alrededor del 33 % conservaba al menos a algunos integrantes enterrados dentro o junto a las viviendas.

Las muestras no representan proporcionalmente a todas las regiones ni periodos históricos. Tampoco permiten concluir que un tercio de todas las sociedades antiguas enterrara regularmente a sus muertos en casa. Su utilidad consiste en mostrar una diferencia clara entre dos tipos de registro que cubren escalas temporales distintas.

La vida sedentaria no fue una explicación suficiente

Una hipótesis habitual vinculaba la práctica con la sedentarización. Cuando un grupo permanece en el mismo lugar, enterrar a sus antepasados bajo la vivienda podría reforzar el derecho sobre la casa, la tierra y los recursos asociados.

Los datos no mostraron una relación fuerte entre el grado de movilidad y la probabilidad de realizar enterramientos residenciales. Algunas comunidades permanentes utilizaban cementerios separados, mientras que otras más móviles mantenían vínculos funerarios con determinados campamentos o estructuras.

La tumba doméstica tampoco tuvo un significado universal. Podía vincularse con memoria familiar, herencia, identidad del hogar, protección espiritual o pertenencia social. En determinados lugares solo se enterraba dentro de la casa a niños, ancestros fundadores o personas con una posición particular.

Los investigadores advierten contra una lectura automática: encontrar un cuerpo bajo una vivienda no demuestra que todos sus habitantes fueran parientes biológicos. Estudios genéticos anteriores han mostrado que individuos enterrados dentro de una misma casa podían no compartir vínculos de sangre, aunque la comunidad los considerara parte de la misma familia.

Colonialismo, religiones y cementerios separados

Al revisar las etnografías, Cveček encontró repetidas menciones a sociedades que habían abandonado el enterramiento doméstico tras la llegada de administraciones coloniales, misiones religiosas o instituciones estatales. En algunos casos, las tumbas se trasladaron a cementerios cristianos situados fuera de los asentamientos.

En otros territorios, la expansión de corrientes del hinduismo favoreció la cremación frente a la inhumación residencial. Las autoridades también establecieron normas sanitarias, registros civiles y espacios funerarios formalmente administrados.

La colonización no explica todos los cambios. Gary Feinman señala que varias prácticas se transformaron antes del dominio colonial y que los ritos funerarios nunca fueron estáticos. Las sociedades podían modificar la disposición de sus muertos por urbanización, cambios políticos, nuevas ideas religiosas o reorganización de la propiedad.

La comparación identifica una asociación histórica, no un experimento capaz de medir una única causa. Los propios registros etnográficos fueron elaborados después de numerosas transformaciones y pueden describir como “tradicional” una situación ya alterada durante generaciones.

Casas compartidas con los antepasados

Entre los ejemplos arqueológicos empleados se encuentra El Palmillo, en Oaxaca, México, donde una tumba subterránea de aproximadamente 700–850 de nuestra era se encontraba bajo una habitación y podía abrirse desde el patio doméstico.

En Lepenski Vir, junto al Danubio, edificios trapezoidales fechados aproximadamente entre 6300 y 6000 antes de nuestra era conservaron numerosos enterramientos infantiles cerca de los muros. Los casos ilustran variaciones profundas: no todas las personas recibían el mismo tratamiento ni ocupaban idéntico lugar dentro de la vivienda.

Un enterramiento doméstico podía convertir la casa en un espacio donde convivían actividades cotidianas y memoria funeraria. La proximidad de los fallecidos no necesariamente generaba el límite simbólico que muchas sociedades contemporáneas establecen entre vivienda y cementerio.

Al mismo tiempo, la arqueología rara vez puede recuperar todas las dimensiones del duelo. La ubicación de una tumba se conserva, pero las palabras, gestos, obligaciones familiares y ceremonias asociadas pueden desaparecer por completo.

Lo que el estudio cambia para la arqueología

Los arqueólogos recurren con frecuencia a analogías etnográficas para interpretar restos antiguos. Si una costumbre aparece raramente en sociedades documentadas recientemente, podrían concluir que también fue excepcional en el pasado. Esta investigación demuestra el riesgo de esa extrapolación.

La diferencia entre el 12 % etnográfico y el 33 % arqueológico puede reflejar un cambio histórico real producido durante siglos de expansión estatal, colonial y religiosa. El presente documentado por antropólogos no constituye necesariamente una guía intacta de comportamientos anteriores.

El estudio propone tratar las costumbres funerarias como procesos dinámicos. La colocación de una persona fallecida depende de quién es reconocido como miembro del hogar, quién controla la vivienda y qué instituciones regulan la muerte.

También plantea nuevas preguntas: por qué algunas comunidades conservaron los enterramientos residenciales, por qué otras los abandonaron antes del contacto colonial y qué integrantes de cada sociedad podían permanecer junto a la casa.

La conclusión no es que exista una forma universal de duelo. El hallazgo revela precisamente lo contrario: durante gran parte de la historia, muchas comunidades mantuvieron a determinados muertos dentro del espacio cotidiano, y esa relación se redujo o transformó por procesos históricos que todavía pueden rastrearse.